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Hoja en blanco

Tenía yo la hoja y la mente como el cheque al que le canta Paquita la del Barrio, en blanco. El reloj para la entrega de la nota había comenzado a caminar y ni siquiera había conseguido pergeñar algunos garabatos para iniciar mi comunicación semanal con ustedes y una suerte de pánico redactor comenzó a atenazarme los dedos. Traía por ahí dos o tres ideas danzando desordenadas en la mollera, sin que con ninguna vislumbrara la posibilidad de un sólido aterrizaje literario (como diría el inolvidable Germán Dehesa, “¡ay sí!”). Confieso que no es la primera vez que el movimiento intermitente del cursor en la pantalla me hipnotiza y la luz no se hace en mi ruda sesera, pero sospecho que a muchos de mis compañeros de oficio les habrá pasado lo mismo, porque en más de alguno he advertido que también acaban como yo, escribiendo puras ilustradas y doctas tarugadas.

Pero papá diosito que nunca deja de su mano a los bienintencionados, se manifestó en la inspiradora presencia de una pequeña y vivaracha sobrina nieta cuya madre la llevó a visitar a la tía abuela que (le informaron mal y ya me las pagará el responsable), se emociona hasta el delirio con los mocosos de tres años de edad y no ve la hora de poderlos estrujar (tipo Godzilla) entre sus brazos.

El caso es que, gracias a la inesperada pero milagrosa intervención de la chiquilla, caí a la cuenta de lo conmovedor que resultan las criaturas que propinan besos enmielados y dulcifican todo el mobiliario a su alrededor con la paleta que traen chupeteando. Por la cordial injerencia de la simpática angelita, aprecié el beneficio físico que obtuvo mi consentida pareja de mininas, cuando se vieron forzadas a entrar en frenética actividad, con tal de ponerse a salvo de la imparable y obstinada persecución de tan sociable infanta, que no cejó es sus asechanzas hasta pepenarse de la cola a una de mis sufridas peludas.

Merced a la fortuita y muy activa intrusión de la mimada heredera, me maravillé de la temprana disposición que puede adquirir un ser humano hacia el mundo vegetal, aunque sea ejerciendo sus pinitos en una superficie tan reducida, como la de una maceta, para remover la tierra y practicar la poda. Por las estentóreas pero muy entonadas manifestaciones vocales de la mocosuela, me sorprendió la potencia pulmonar que un minúsculo rapaz puede desplegar y la eficiencia de un sonoro berrido de altos decibeles, como infalible método para conseguirse unas galletas y, gracias a su dulce y porfiada insistencia, aprendí que un estridente berrinche, acentuado con su respectiva pataleta, es el camino más seguro para que su madre se desplace de inmediato a la tienda de la esquina, con tal de agenciarle unas papitas y una  dotación adicional de paletas y confituras diversas, para seguir amelcochando las superficies que no alcanzaron a ser cubiertas con la unidad que traía cuando llegó y que terminó adosada a los bigotes de una de mis despistadas felinas.

Finalmente, porque Dios es grande y me proveyó de un tema a las puertas de mi hogar, quise dejar constancia del asombro que me provocó observar, a todo color y en primer plano, las portentosas dotes de una madre amorosa que confía en que lo mejor para su retoño es entrenarlo desde su tierna edad para que ejerza su libertad de expresión, su férrea determinación y su resuelta intolerancia a la frustración. Pero lo que más me fascinó fue encontrarme con una progenitora, como tantas que abundan, que confían en que su permisividad extrema con sus engendros (sobre todo en terreno ajeno) cae en gracia y hasta es susceptible de elogios. Y lo mejor es que, en cuanto se fueron reiterando que en breve repetirían la complaciente aventura, mi hoja ya no quedó en blanco.

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