Martes, 11 de Mayo 2021

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Han de disculpar

Por: Paty Blue

Absolutamente convencida de que quien no lee no puede escribir, quise contagiar dicha convicción a mis alumnos de redacción, incitándolos a tomar severas medidas para tratar de subsanar tan capital omisión. Para ello y con la lista en mano, repartí las fechas del ciclo escolar entero, en las que cada cual debía aportar un cuento corto, del autor de sus preferencias, con copias suficientes para el número de compañeros, con el propósito de comenzar la clase del día con una breve lectura y los siempre frescos comentarios sobre la misma.

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Ha pasado algo así como un lustro y medio desde que apliqué tal disciplina y, como bien podrán imaginar, por mi aula y en las juveniles voces de mis pupilos (que no dan para una nota decente a la hora de leer en voz alta) ha transitado una pléyade de escribientes de todas épocas, nacionalidades y géneros. Desde el muy popular Edgar Alan Poe, hasta el ínclito Murakami, pasando por Wilde, Quiroga, García Márquez, Lovecraft, Rulfo, Arreola y tantas otras buenas plumas que para fortuna de la humanidad le han legado sus letras. No deberá extrañarme que pronto discurran añadir a Bob Dylan en las antologías que elaboran al concluir el cuatrimestre y, al igual que casi todos los que nos han visitado, será muy bienvenido, como ejemplo vivo de que las cosas cambian y deben hacerlo.

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Mas, no sin pena, me atrevo a confesar que en la clase del último día de la semana, sacudida por la naturaleza del texto participante, la que quiso cambiar de dinámica fui yo y me dieron ganas de salir corriendo del salón, dejando al alumnado a merced de sus propias interpretaciones e inferencias y pedirles que, una vez analizada la lectura, me hicieran llegar sus conclusiones así, sin aclarar el significado de las palabras, ni hacer puesta en común. Pero tan comprensivos y solidarios como siempre han sido, creo que mis educandos también se sintieron tentados a fugarse, antes que poner en duda el conocimiento de su propio idioma y su capacidad para el análisis.

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Supe del madrugador agobio que les entró (y comencé a sudar el propio) cuando en las primeras líneas del argumento surgieron frases como: “el hombre gris besó el fango, repechó la ribera sin apartar las cortaderas que le dilaceraban las carnes y se arrastró, mareado y ensangrentado, hasta el recinto circular que corona un tigre o caballo de piedra…”. Por las miradas de extrañeza que intercambiaban mis discípulos entre sí, comencé a sospechar que, como el propio texto lo decía enseguida: “nubes de alumnos taciturnos fatigaban las gradas (y los mesabancos), las caras de los últimos pendían a muchos siglos de distancia y a una altura estelar...”, y lo confirmé con aquello de que: “escuchaban con ansiedad y procuraban responder con entendimiento, como si adivinaran la importancia de aquel examen, que redimiría a uno de ellos de su condición de vana apariencia y lo interpolaría en el mundo real”.

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Ya en el estupor total, alumnos y maestra nos confabulamos al dar por cierto que: “En las cosmogonías gnósticas, los demiurgos amasan un rojo Adán que no logra ponerse de pie; tan inhábil y rudo y elemental…” Así que agradecimos la ocurrencia de don Jorge Luis Borges y sus “ruinas circulares” a nuestro humilde salón de clase, y asumimos que hay autores que, definitivamente, no los merecemos y rebasan con mucho nuestras rudas entendederas. Han de disculpar.

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