Domingo, 16 de Mayo 2021

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González de Alba y el gato de Schrödinger

Por: Ivabelle Arroyo

González de Alba y el gato de Schrödinger

González de Alba y el gato de Schrödinger

Luis González de Alba fue mucho más que la memoria histórica del 68. Muchísimo más. Además de ser un notable hombre del renacimiento que cocinaba, cantaba, bailaba, declamaba, escribía novelas, hacía divulgación científica y reflexionaba sobre el presente como periodista, Luis González de Alba era un militante de la razón.

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Hay muy pocos. Ojo: no dije de la verdad. Dije de la razón. De la razón descreída, de la razón que necesita de premisas válidas y conclusiones lógicas. Lo más impresionante de Luis era su forma de preguntar (se) y su forma de pensar.

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Se dice de él que era políticamente incorrecto, que su pluma era imprudente cuando estaba de buen humor y cuando no, que sus párrafos mostraban enojo.

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¿Cómo no iba a destilar enojo? Lo molestaba profundamente la estulticia, la creencia ciega (bueno, toda creencia es ciega), la incapacidad colectiva para ver que las piezas no arman un solo rompecabezas y la proclividad nacional a hacer del presente un juego maniqueo, simplificador, que busca satisfacer infantilismos políticos e inmadurez ciudadana. No lo convencía ninguna hipótesis en abstracto. No daba nada por sentado y eso era lo que volvía políticamente incorrecto: se atrevía a decir que el rey iba desnudo. ¿Cuál rey? Todos los reyes, todos los santos, a los que los mexicanos son tan proclives. El rey-santo de la historia, de los grupos intelectuales más respetados, de los colectivos feministas o indigenistas o gays o de mujeres o de grupos vulnerables. Eso es muy difícil de hacer en nuestro país. La noble causa justifica todas las sandeces y nadie quiere decir que una indígena que ha luchado y ha salido adelante es bizca. Luis lo decía sin ambages. No existían los santos, no existían los grupos, no existían las causas. O existía todo eso, pero no como excusa para dejar de pensar con claridad, para ver que las piezas arman muchos rompecabezas y que las víctimas pueden ser victimarios y que hay que pedir justicia para ellas y contra ellas.

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Luis cuestionó la historia mexicana, toda. Desde la reverencia a Hidalgo hasta la santificación del movimiento del 68. Cuestionó versiones oficiales y alternativas. Construyó nuevas piezas para ese y otros acontecimientos políticos del país y del mundo. Metió lógica donde a veces sólo había dolor y ceguera y ganas de reparación casi religiosa. Luis fue mucho más que la memoria histórica de un movimiento estudiantil y mucho más que una pluma ácida políticamente incorrecta. Fue un intelectual asombroso, un novelista apenas correcto, un articulista indispensable y un extraordinario divulgador. Fue un cascarrabias, era intolerante, era brusco, era generoso y ególatra. Era un macho y era homosexual. Era misógino y defendía la libertad individual. Era simpatiquísimo y soberbio. Fue todo eso como así es la realidad que diseccionaba, como el gato de Schrödinger que dio título a uno de sus libros. Adiós Luis. Y gracias. Serás siempre un ejemplo de valor y de razón.

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