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Domingo, 19 de Noviembre 2017

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Extinción

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El teléfono sonó a las diez de la mañana, ni un minuto después. La voz en la bocina no ofrecía tarjetas de crédito. Se presentó como reportero de un periódico nacional. Me pidió unos minutos para hacerme un par de preguntas. Se trataba, explicó, de un reportaje sobre los peligros que enfrenta la lectura en México. Acepté. Total: la lectura en México es una especie protegida pero en peligro de extinción desde que recuerdo y un reportaje no va a salvarla pero tampoco abonará a su desaparición definitiva. La voz agradeció y comenzó su interrogatorio con la cuestión más candente del momento: “¿Usted cree que la aparición de Pokemon Go sea el golpe de gracia para la lectura entre nuestros jóvenes?”.

Sobrevino la confusión. Primero, porque tengo 40 años y me da lo mismo todo lo que involucre a los pokemones. Una de mis hijas tuvo unas pantuflas con cara de pokemon a las que llamaba “sus pikachús”. Decía, con su vocecita de nena de dos años, “ya voy, mamá, nomás me pongo mis pikachús” y nos parecía muy tierna. Allí comienza y termina mi relación con los pokemones. Hubo, pues, necesidad de explicarme en qué consiste el universo del juego y, apenas concluida esa parte, explicarme que alguien puso a circular una aplicación para celulares que permite jugar a los pokemones en la calle y que, al parecer, está causando sensación entre grandes y chicos.

“Ah”. Esa fue mi reacción. Un “ah” con ese tono que significa “esto tan interesante que usted me está refiriendo va a abandonar mi memoria en el mismo instante que termine la llamada”. El periodista guardó silencio. Esperaba, aún, mi respuesta. Temo que se decepcionó de lo que dije: “No, pues no creo que se termine la lectura por culpa de Pokemon Go. Habrá que esperar al asteroide que destruirá la Tierra”.

Estamos demasiado habituados a hablar de la lectura en términos apocalípticos: es como si nos refiriéramos a un primo pobre y tan enfermo que cualquier corriente de aire amenaza con llevárselo al panteón. El periodista no está solo en sus preocupaciones. En todo foro sobre juventud y cultura alguien se lleva las manos a la cabeza y proclama que los jóvenes no leen o leen pura basura y viven a expensas de que cualquier aplicación para celulares los deje definitivamente gagás. Sin embargo, ¿cuáles son los remedios que, como sociedad, ensayamos ante esas sombras aterradoras? Unos francamente patéticos: campañitas en las que cancioneros y futbolistas recomiendan leer veinte minutos al día.

Yo, en cambio, tengo la impresión de que los jóvenes leen más que antes. Ni uno solo de mis compañeros de educación básica lo hacía. Ahora, el diez o quince por ciento de los compañeros de escuela de mis hijas lo acostumbran. Leen, mayoritariamente, novelitas horrorosas que yo no leería ni bajo amenaza, pero leen.

¿De verdad los adultos mexicanos se preocupan de que las lecturas de sus jóvenes sean mediocres? No creo que tengan cara para juzgarlo. Y tampoco le entienden al Pokemon Go.

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