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Lunes, 21 de Enero 2019

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Especulación del (desastre del) Agua Azul

Por: Juan Palomar

Especulación del (desastre del) Agua Azul

Especulación del (desastre del) Agua Azul

Actualmente el parque del Agua Azul tiene apenas 17 hectáreas, invadidas por distintos edificios, una unidad deportiva y por la avenida González Gallo. Pudo haber tenido más de 100 hectáreas y ser uno de los mejores parques del mundo. ¿Cómo se dejó perder esta oportunidad de oro?

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Muy fácil: por una mezcla fatal de miopía, codicia, ambición, tontería. (Todo esto suena familiar…) Veamos: El Agua Azul fue un predio con importantísimos manantiales que en 1885 pertenecía a don Antonio Álvarez del Castillo. En ese año este señor se lo vendió al gobierno de Luis C. Curiel, quien muy atinadamente juzgó la adquisición de utilidad pública para hacer un parque. En 1888 se instaló la vía del tren de México a Guadalajara, y al efecto se partió al Agua Azul y se construyó la estación ferroviaria a espaldas de lo que había sido el convento de San Francisco. Junto con lo anterior, se dispusieron enormes patios de maniobras y una serie de instalaciones conexas, junto con algunas fábricas y bodegas que dependían de la cercanía de la vía. Todo esto supuso una grave merma para el área original del parque. A pesar de ello, se conservaba y se cuidaba una buena parte de lo que quedó.

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En una de las primeras (¿o la primera?) fotografía aérea de la mancha urbana tapatía, del año de 1944, se observa el estado que guardaban las cosas y se pueden medir los predios ferroviarios y conexos. Pocos años después, hacia 1950, se inauguraba la nueva estación de trenes en su actual ubicación al sur del Agua Azul. Como resultado de este repliegue hacia el sur, había 85 hectáreas, parte de ellas correspondientes a la zona poniente del Agua Azul y otras a desocupar, las que, con una adecuada gestión, se pudieron haber incorporado al parque, para perpetuo beneficio de la ciudad. Hubo, por lo menos, un ingeniero tapatío que levantó la voz y así lo pidió en su oportunidad.

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Imaginemos por un momento el Agua Azul de 102 hectáreas. Más grande que Los Colomos, casi del tamaño del Parque Metropolitano. En el corazón de la ciudad: llegando desde el precioso lago que criminalmente se desecó hasta las mismas espaldas de San Francisco y Aranzazú, a cinco cuadras de Catedral. No tendríamos el actual parque arrinconado y poco frecuentado pese a su ubicación privilegiada: sino que tendríamos un gran pulmón plenamente insertado en el primer cuadro, con los atractivos, equipamientos y usos adecuados.

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¿Cómo se cree que se formaron el Central Park de Nueva York, los bosques de Vincennes y de Boloña en París, el Tiergarten de Berlín, los grandes parques de Londres, etc., etc.? Pues haciendo exactamente lo opuesto a lo que hicieron los tapatíos: aprovechando, aprendiendo de otras ciudades, olvidando los complejos, buscando las grandes e irrepetibles oportunidades, superando dificultades grandes y chicas, poniendo por delante el bien común. Echándole arrestos.

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El desastre ya ocurrió. La oportunidad se fue. Quedan hoy muchas otras a aprovechar…que también, si seguimos en el mismo plan pasmado, pasarán. Están ante nuestras narices. Piénsese como un simple ejemplo todo lo que queda del Cerro del Cuatro y que se puede volver, hoy, un gran y urgente parque para todo el sur metropolitano.

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Volviendo al Agua Azul. Las posibilidades de toda esa zona, actualmente, son enormes. En todos los sentidos. Pero se ocupan lucidez y autoridades con tamaños e inteligencia. Y se ocupan ciudadanos que levanten la voz.

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