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Domingo, 25 de Agosto 2019
Ideas |

Entre indígenas y el Club de Nueva York

Por: Jorge O. Navarro

Entre indígenas y el Club de Nueva York

Entre indígenas y el Club de Nueva York

El Presidente del país, Enrique Peña Nieto, está ahora en Nueva York. El mandatario —que ha acostumbrado a los tapatíos a una presencia regular en los últimos meses— sostiene una agenda contradictoria: primero aparece en la Primera Conferencia Mundial de los Pueblos Indígenas que organizó la ONU, para repetir lo que se ha dicho durante décadas sobre la desigualdad, injusticia y discriminación que padecen las poblaciones autóctonas, y después toma parte en una reunión con los miembros de The Economic Club of New York a quienes les recuerda las bondades (aún por descubrir) de lo que ya es un cliché, las reformas estructurales.

Los mexicanos, por debajo del Río Bravo, viven cotidianamente una agenda múltiple en la que dominan temas como la constante expectativa de que la economía mejore, aunque eso no suceda; la permanente violencia que surge de la actividad de los cárteles del narco y otras expresiones del crimen organizado; los desastres naturales que asolan periódicamente, como ocurre ahora en Baja California Sur y en general, la desigualdad en la distribución de la riqueza que se alarga sin que se constate una inercia que la detenga y menos aún, la revierta.

Evidente contraste ofrece el discurso presidencial ante el resto de los gobiernos representados en la ONU y los magnates del capital, con lo que podrían decir los mexicanos violentados de Michoacán y Tamaulipas, o los millares que perdidos en las urbes grandes y pequeñas, sobreviven todos los días, ajenos a los acuerdos internacionales.

Si fuera posible visualizar en una sola escena esa torre de babel que es el intrincado mosaico mexicano, sería evidente que la voz más débil es la de los indígenas. Y quizá uno de los rasgos más notorios de ésta es que ha sido desde siempre la menos escuchada, la que siempre se puede atender después.

A la administración peñanietista le urge, obvio, que las reformas tan pregonadas fuera de las fronteras del país ofrezcan los resultados que se proyectaron: más inversión, más recursos económicos, menos diferencias sociales, disminución de la violencia y sus escalofriantes estadísticas de muertos y desaparecidos, y una postura política más homogénea que se refleje en las urnas durante los procesos electorales.

En The Economic Club of New York, el Presidente reiteró que México es confiable y seguro para recibir inversiones. Aún más, presumió que la reforma energética rompió con un modelo de explotación impuesto hace más de 60 años; su argumento para los dueños del capital internacional lleva implícito el reconocimiento de que el proyecto nacional de control de sus recursos energéticos ha fracasado y además, es viejo. Ergo, lo antiguo es negativo.

De retorno en el tema indígena, hace exactamente un año las cifras oficiales (las del Coneval) reconocieron que 8.2 millones de indígenas en México viven en pobreza y que sólo 57% de todos los mexicanos autóctonos tiene acceso a servicios de salud. Tres de cada 10 indígenas son analfabetos.

El Presidente mexicano solicitó a todos los gobiernos del mundo unirse para acabar con los perjuicios que soportan los pueblos nativos. Es un discurso que no se rechaza. Digno del aplauso general. No compromete a nadie en particular.

Pero la postura oficial es, como siempre, contradictoria. Y sin necesidad de dotes para pronosticar el futuro, es posible afirmar que los indígenas seguirán hablando con la voz más débil.
 

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