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En grado terminal

El problema que enfrento es serio, muy serio, y no precisamente porque sea yo quien lo vengo padeciendo en forma directa, sino porque aqueja severamente a quienes tengo a mi cargo para ayudarles a conseguir una escritura, si no tan fluida, original y creativa, como sería mi más dorado sueño, al menos no tan indecente y ofensiva como la que algunos utilizan y ni tantita pena les da andarla exhibiendo. Y no me refiero al trazo despatarrado de sus letras, que ése sería tema aparte, sino a las recurrentes fallas en el uso de los caracteres correctos.

En los más llanos términos y para ser razonablemente explícita, un número de pupilos que rebasan un porcentaje que no engalanaría una estadística oficial, vienen circulando por la vida y hasta se atreven a ocupar un banco en las aulas disponiendo de una ortografía que espantaría al mismísimo Freddy Krueger, para quien leer uno de sus textos le daría motivo para planear su siguiente crimen.

No exagero al señalar que los muchachos de hoy, alentados además por la rápida e inconsciente comunicación en las redes, padecen una insuficiencia ortográfica en grado terminal, y lo peor es que ninguno parece percibir malestares relacionados con su grave condición, ni se siente obligado a encontrarle una cura efectiva.

Y ya me puedo arrodillar frente a ellos suplicándoles que me hagan el grandísimo favor de constatar si omitieron un acento o lo colocaron donde va; que chequen si tal o cual palabra se escribe con H o sin ella, con V o B, con C, S o Z… Que por el amor de Dios, cuando tengan dudas, se tomen la molestia de teclear en el aparatito que no sueltan ni para comerse el lonche, para constatar que han escrito sin errores. El conflicto es que ni siquiera dudan cuando escriben y meten la pata con una seguridad obscena y escalofriante.

Así que, tomando las líneas más memorables de cualquier telenovela chafa: no podemos seguir viviendo así y en ese plan lo nuestro no puede ser, resolví ingresar a mis sufridos muchachitos al área de terapia intensiva para someterlos a un tratamiento que los podría redimir de los males provocados, entre otras cosas, por la falta de lectura o la poca atención que ponen cuando pasan los ojos por un texto. En mis entusiastas cálculos, imaginé que la aplicación de algún remedio con todo y trapito les resultaría provechoso o, al menos y como luego dicen, mal no les haría, de modo que los instruí para que, a la brevedad o si era posible, antes, adquirieran un libro de ejercicios ortográficos diseñado por un profesor de apellido Mateos, para irlo rellenando y presentando en fechas programadas para su revisión.

Y si creí que mi mayor decepción docente estribaría en su pésima ortografía, fue porque me faltaba enterarme de que, tristemente, abundan los pupilos cuya escasez de recursos apenas les alcanza para una tertulia con alitas y cervezas, o para cubrir el ingreso de un concierto en el Telmex, o una ida al cine con palomitas, nachos y refresco, o para completar el pago de la penúltima edición del celular que cargan. Así que, es por demás comprensible, no les quedan dineros para solventar la adquisición de un volumen cuyo estratosférico costo no figura entre sus presupuestos y excede su limitada capacidad adquisitiva.

Pero es que sólo a mí, terrible arpía inconsciente y desconsiderada, se me ocurre pedirles que compren un libro que cuesta casi dos cientos de pesos. 

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