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Sábado, 25 de Noviembre 2017

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En estampida

En estampida

En estampida

No hay que buscar explicaciones lógicas a las embestidas de las masas enfurecidas. Y me refiero a las dichosas muchedumbres no en términos políticos, claro (no es este el momento ni el lugar para meternos en tales honduras), sino en su expresión más inercial y común: en las estampidas, metafóricas o reales, de gente que corre a lo loco y sin saber muy bien por qué pero, eso sí, con todas sus fuerzas.

Las redes sociales reproducen con puntualidad ese fenómeno que, al menos una decena de veces por año, deja muertos en actos públicos masivos en diversos rincones del planeta (ceremonias religiosas, conciertos, etcétera): seguir al de al lado, cueste lo que cueste. No importa si terminan aplastados o, por el contrario, pasándole por encima a quien sea, niño, mujer o quimera. El caso es reaccionar.

Una muestra de ello es lo que pasó en la ciudad hace algunos días. El periodista y comunicador Gustavo Aréchiga subió a sus redes una fotografía suya frente a los rayajos que un par de adolescentes hicieron a las columnas del Teatro Degollado con las letras de la palabra “Darkness” (“oscuridad” en inglés, se aclara, por si usted nomás finge que le entiende a la lengua de Shakespeare). Con un tono evidentemente sarcástico, Aréchiga “confesaba” el acto (que las autoridades y muchas buenas conciencias tapatías llamaron “vandálico”) y afirmaba que se trataba de una pieza de arte urbano contemporáneo de su autoría que había sido inaugurada.

Lo que siguió a esa publicación apenas puede creerse: luego de las risas y los comentarios de los amigos y los conocidos, la foto saltó al universo de la “red abierta” y se desató la locura. Una multitud de orates se pusieron a insultar al comunicador, acusándolo de haber destruido el patrimonio local y de no ser consciente del daño que causaba. Otros lo acusaban de “cobarde” por no haber asumido antes la autoría del “atentado” y por haber provocado que el alcalde tapatío regañara a los padres de los dos jovencitos que fueron detenidos en el lugar de los hechos, con las mochilas llenas de latas de pintura en aerosol, “en vez de asumir su culpa como hombrecito”. Alguno llegó a mandar publicaciones para “delatar” a Aréchiga ante una conocida empresa cervecera para la que presta servicios profesionales.

Con bastante humor, hemos de decirlo, Aréchiga persistió y subió una publicación en la que hablaba de cómo su pieza sería retirada del lugar, sí, pero solo para ser llevada de gira por diferentes países de Europa. Aunque parezca mentira, hubo otros muchos que volvieron a caer en la humorada y volvieron a lanzar toda clase de increpaciones contra el periodista. Hagamos una aclaración. Por si al llegar a este punto a usted no le queda claro, reafirmémoslo: Aréchiga no fue responsable de atacar el patrimonio local ni nada por el estilo. Se limitó a hacer una broma que terminó, merced a la locura colectiva, en una suerte de performance con alcances sociológicos.

¿Qué demostró con sus publicaciones? Que hay una cantidad enorme de gente que no sabe leer de un modo no literal, es decir, que no entiende lo que lee y tampoco se informa para contrastar nada (incluso en la prensa). Que se limita a maldecir, a lanzarse al cuello sin siquiera entender lo que sucede. Bastaba un poco de sentido del humor y haber leído más de dos renglones de cualquiera de las muchas notas de prensa para entender que el periodista estaba bromeando. Pero la prisa por ser el primero en lanzar una piedra fue más fuerte y los lemmings se cayeron, como suelen, al barranco.

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