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Lunes, 21 de Octubre 2019
Ideas |

El voto femenino que no valía nada

Por: Ivabelle Arroyo

El voto femenino que no valía nada

El voto femenino que no valía nada

Cómo nos regocijamos con el aniversario del voto de la mujer. Hacemos como si de verdad llevara 61 años funcionando, cuando en realidad tiene menos de dos décadas.

A ver, el reconocimiento del voto femenino sí implicó una extensión de derechos ciudadanos, y si hubiese habido democracia, ese paso habría significado la ampliación de la cobertura democrática en el país. Pero no fue así porque se reconoció este derecho en 1953, en el marco de un sistema político de partido dominante.

Las mujeres comenzaron a votar en espacios regionales, después en elecciones federales, y su voto valía exactamente igual que el del hombre: prácticamente nada. Ese sufragio era nominal, estaba lejos de ser protegido por instituciones autónomas, no se hablaba de garantías electorales, no existían partidos competitivos y la libertad política era un bonito tema retórico para los extraordinarios oradores del PRI.

Mi abuela pudo votar, pero nunca pudo elegir. De qué les servía votar, a ella o a mi abuelo, o a mi madre o a mis tíos, si la papeleta era basura, si no había opciones partidistas viables, o si alguien se robaba las urnas.

Un paso estaba dado, pero no servía para nada. Faltaba construir el sistema en el que ese voto femenino tuviera algún valor como herramienta de participación.

En 1977 se asomaron algunos rayos por las rendijas del sistema político, pero fue hasta 1996 cuando se amplió el espectro y se le dio un mayor valor al voto femenino, masculino, indígena, rural y urbano. Ese año se blindó la independencia del organismo electoral frente al presidente priista. Ese mismo año comenzó también el peregrinaje de las acciones afirmativas: para romper la inercia de las candidaturas casi exclusivamente masculinas, se modificó la ley para obligar a los partidos a postular por lo menos a 30% de mujeres para los cargos legislativos. Ahí, en esa medida se puede ubicar el inicio de la confusión. Ahí arrancó la separación entre la extensión de derechos políticos sin adjetivos y los derechos políticos de la mujer. Ahí comenzó algo que se puede convertir hoy en la protección a la clase política de falda.

Y es que, a la gente se le olvida, pero la participación política no se limita a los partidos, las alcaldías mexicanas y las curules. La política es la posibilidad de incidir en la toma de decisiones públicas, en el diseño de la identidad colectiva, en la construcción de la frontera con el otro y sí, también es la posibilidad de buscar, ejercer, cuestionar y/o mantener el poder, pero eso se hace también sin curul, y si me apuran, se hace mejor, pues democracia es de mayor calidad si hay diversidad de espacios de participación.

(Nota: Con algunos añadidos y muchos cortes, este artículo retoma las ideas de un texto mío publicado en Nexos en 2013 a propósito del aniversario 60 del sufragio femenino)
 

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