Sábado, 08 de Mayo 2021

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El peor oficio del mundo

Por: Paty Blue

Algo no debe funcionar muy bien en la cabeza de aquellos individuos que eligen la odontología como profesión. No me explico qué les bulle en la chiluca a estos desnaturalizados para que de manera libre y soberana abracen el quehacer de verdugo serial al servicio de la desvalida (y desdentada) humanidad, y no dudo que hasta el gusto le hayan agarrado al hecho de mantener al prójimo con la boca abierta y los puños cerrados de puritita ansiedad, angustia y desesperación, con solo echar a jalar un taladro chillón frente a sus narices y desorbitados ojos.

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Por eso y algunas cosas más, los dentistas no me simpatizan, y menos cuando, como afrenta brutal e innecesaria, les da por manifestar su amabilidad extrema hacia la víctima en turno con una amplia sonrisa que les obliga a lucir su impecable dentadura, tan semejante a una mazorca de maíz pozolero de siete hileras.

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Es evidente que si no puedo esconder la tirria atorada que traigo contra quienes se desempeñan en tal oficio es porque me llegó el turno de arrellanarme en el sillón de un  profesional de las dentaduras que, para colmo y como cruel bofetada del destino, es tan joven, guapo, solícito y delicado, que casi me hace olvidar el repelús que me provocan los de su calaña y me obliga a recordar que ni siquiera con sus viriles atributos me simpatiza que meta mano en mis cavidades, aprovechándose de la temporal indefensión en la que me mantiene.

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Todo comenzó con la simple solicitud de un periódico operativo de limpieza que, no sin la insensible saña que estos entes despliegan y enuncian como procedimiento indoloro, en apenas media hora sentí que me había dejado como el émulo más fiel del caballo blanco, aquél que protagoniza el popular corrido del equino que salió un domingo de Guadalajara. Si bien la artera intervención no fue tan escabrosa como me la esperaba, el subsiguiente veredicto del galeno molar tambaleó mi tranquilidad y zarandeó mis presupuestos e ilusiones de tener una Navidad feliz, al dictaminar que cuatro de las piezas que recién mudé hace más de medio siglo, debían ser extraídas ante la inminencia de verme, a la brevedad, como la bruja de los cuentos de la pequeña Lulú, diciendo cacle, cacle.

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Como no me quedó más que apechugar el dictamen disfrazado de incontables conveniencias y promisorios resultados, me sometí al devastador procedimiento que hoy me tiene adolorida y muerta de hambre porque, una glotona consuetudinaria como yo, no se da con papillas y juguitos para alimentar su demandante apetito, y menos cuando ya no tengo siquiera la posibilidad de que el Ratoncito Pérez me indemnice con algunos pesos bajo la almohada, a cambio de los dientes que me hicieron mudar a fuerzas.

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Marcando un punto y aparte y abusando de la confianza que me dispensan, en este adolorido espacio les comparto la pesadumbre que me aflige en serio, por el eterno viaje que emprendieron, en esta misma semana, Jaume Mor y Chema Pulido, dos entrañables compañeros de oficio con quienes compartí vivencias imborrables y cuya presencia extrañaré más que a mis dientes idos. Que Dios los acoja en su gloria y recompense su bonhomía y su destacada tarea en la tierra. Adiós, amigos, hasta siempre.

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