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El pelo en la sopa

A doña Defensa (así se llama porque es oriunda de Tapalpa, donde la virgen bajo tal advocación es la patrona), le pegó de repente el bochorno y pidió permiso para desparramarse en el equipal que le quedaba más cercano, aunque éste fuera ajeno y se encontrara en la circunscripción de una vecina que, de por sí, no le tiene mucha voluntad.

En cuanto se arrellanó en el amplio asiento y se enjugó el sudor de la frente con un  paliacate que sustrajo de entre sus abultados pectorales, comenzó con su rosario de quejumbres por el que se ha convertido en toda una celebridad barrial y en el más propicio sujeto a esquivar porque, son tantos y tan frecuentes sus calambres existenciales que busca a toda costa compartir, que ya todos preferimos sacarle la vuelta.

En lo particular, esta mujer simplona y malhablada me divierte porque sus relatos siempre comienzan con una estampa feliz (como mensajito cursi en el Facebook) que le sirva de escenario para destacar sus agrios comentarios: qué maravilla que ya comenzó a llover, lástima que “haiga” tanta mosca; qué  deliciosa está la sandía que sería la fruta perfecta, si no tuviera tantas semillas; qué bonito se puso el arbolito de la esquina, pero qué pena que en este tiempo tire tantas hojas. ¿Usted las barre, doña Defe?, le preguntó por puro morbo el de la tienda. “¡Que Dios me libre!, pero me da mucho agobio ver a la que lo hace todos los días”, respondió con cara de compunción.

Como fidedigna testigo de ése y otros tantos pasajes en la felizmente triste vida de esta mujer, tan presta para enaltecer como para denigrar, caí a la cuenta de tantos que conozco y se expresan en similar tenor. Como la amiga que anualmente cae en éxtasis de entusiasmo porque comienza la feria del libro, pero lamenta con idéntico escozor que tal evento sería el paraíso, si no fuera por el caos vial y de estacionamiento que desata y que a ella le toca porque vive como a 32 cuadras de la Expo.

O como a la compañera de trabajo que, mientras preconiza lo delicioso de unos  mariscos que le encantan y se rechupetea los dedos, encuentra el espacio ideal para disertar sobre la vergüenza humanitaria que significa que otros no tengan ni qué comer. O el caso de una muy querida comadre que está muy contenta, disfrutando el entorno en el que vive, por la libertad que tienen sus hijos para jugar y las buenas amistades que ella misma ha conseguido; todo tan hermoso y perfecto, si no fuera porque todavía le faltan dos años para liquidar la hipoteca de la finca y eso le ensombrece la felicidad y hasta le quita el sueño. Le alegra sobremanera saber que ya ha pagado 18 años, pero le angustia imaginar que no anda lejos el día en que le tenga que hacer reparaciones.

Qué ganas de sufrir de a gratis, digo yo, y mal andamos cuando nos colmamos el presente con ahogos por las eventualidades de un mañana florido y promisorio, al que ni siquiera tenemos la seguridad de llegar, y eso me apura mucho. A la mente se me viene la sabia frase del célebre Beatle mayor, John Lennon, cuando dijo algo así como que “la vida es lo que pasa mientras hacemos planes”, seguramente, para vivirla mejor, pero como el futuro es tan incierto y el suelo que hoy pisamos está tan jabonoso, mejor haríamos en disfrutar lo que podamos, en lugar de andar hurgando la sopa para encontrarle un pelo.

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