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Martes, 21 de Noviembre 2017

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El patatús

El patatús

El patatús

La envidia es un tema recurrente si nos asomamos a las relaciones entre escritores a lo largo del tiempo. Encontramos episodios pertinentes para ilustrar esta idea en épocas y lugares que van de la (insigne) Grecia arcaica hasta la (modesta) posmodernidad nacional. Es decir: se trata de episodios cíclicos, casi podríamos decir que perennes. Pedir, como suele hacerse ahora, que no se hable de envidias cuando se discuten temas literarios podrá ser muy respetable como requisito para ceñir el debate al terreno de las ideas, pero está muy lejos de reflejar la realidad. Como dice el polaco Leszek Kolakowski: “A un escritor le puede dar un patatús, por no decir ataque de locura, si algún colega le hace la cochinada de ganar el Premio Nobel”.

Hace unas semanas se recordaba en este espacio la rivalidad entre dos de los titanes de la tragedia, Sófocles y Esquilo, quienes se disputaban, año con año, el premio al mejor estreno de la temporada ateniense. Hasta que Esquilo, de plano, se largó a Siracusa para no seguir pasando por la humillación de ser batido. No terminan ahí los ejemplos, claro. “Cuando un amigo triunfa, muero un poco”, decía ese gran intrigante que fue Gore Vidal, a quien los éxitos de contemporáneos suyos como Mailer o Capote le daban ganas de arrancarse los pelos a tirones.

El Siglo de Oro español fue pródigo en malquerencias. Francisco de Quevedo arremetió contra Góngora, quien era considerado el mayor poeta de su tiempo. Lope de Vega detestó a Cervantes, quien había sido incluso testigo en su boda, por el éxito del Quijote (algunos llegaron a atribuirle la segunda parte apócrifa de la novela, aunque parece ser que de tal cargo era inocente). Todos los anteriores trataron con desdén a Ruiz de Alarcón, por ser novohispano, y se mofaron de su joroba... A Lope llegaron a encarcelarlo por la sospecha de que había arruinado el estreno de la comedia El anticristo, de nuestro paisano, con la colocación de una especie de bomba fétida… Y no hablamos de seres menores sino de los “ingenios” más preclaros del idioma antes del siglo XX.

¿Qué decir de la relación de celos crispados (no exentos, a veces, de afinidades y hasta amistad) entre Shakespeare y Ben Johnson? ¿O entre Malraux, Sartre y Camus? ¿O entre Virginia Woolf y Katherine Mansfield? O, ya en terrenos más cercanos, entre Contemporáneos y Estridentistas, entre Alfonso Reyes y Salvador Novo, entre Octavio Paz y Carlos Fuentes? ¿Cómo es que la envidia, ese ingrediente que ha sazonado la vida literaria a lo largo de toda la historia, ha dejado de tener existencia legal, no puede ser puesta en la mesa con su nombre y debe ocultarse detrás de una careta de presuntos desacuerdos razonables de tipo estético o político? Que alguien ataque por envidia no significa que no pueda tener razón en su reclamo, refutación o demolición de un rival.

¿De repente resulta que todos los escritores son hermanas de la caridad, incapaces de un mal sentimiento? Por favor.

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