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Lunes, 20 de Noviembre 2017

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El otro lado de la caja

El otro lado de la caja

El otro lado de la caja

En medio del gasolinazo y del inicio de la era de la trumpada, cuesta trabajo imaginar el futuro, o más bien imaginar un futuro que no sea negro y lleno de nubarrones. La sensación de que el mundo que conocimos, y sobre el que teníamos certezas, se nos desmorona bajo los pies nos paraliza y las predicciones de futuro nos horrorizan.

En estos momentos hay dos opciones: esperar a que el futuro llegue en forma de tragedia o comenzar a construirlo. Lo segundo no asegura el éxito, ni le quita lo complejo a la situación que viene, pero crea oportunidades que de otra manera no llegarán ni como quimera.

¿Qué podemos hacer como ciudad, como región, para mitigar el impacto de la era Trump? De entrada, lo contrario que están haciendo los vecinos del Norte. Con las políticas proteccionistas del nuevo presidente de Estados Unidos o sin ellas la mitad de los empleos manufactureros y de algunos servicios de aquel país van a desaparecer en los próximos años y una buena parte de los nuestros también. Imaginemos solamente lo que va a suceder en la rama de transporte. En un futuro no muy lejano, estamos hablando de diez años para Estados Unidos, quince quizás para México, no habrá choferes; ni en el transporte de carga, ni en el transporte público, ni en los taxis ejecutivos. El que maneje será por gusto, pero el verdadero control del auto lo tendrá la computadora. Además, la mayoría de las plantas de manufactura estarán robotizadas. El valor y el desarrollo económico estará, pues, en la industria creativa y en los servicios de calidad. La verdadera tragedia de Estados Unidos es que lo que propone Trump es la defensa de la economía que va de salida y está cerrando las puertas a lo que es la materia prima de la nueva economía de las ciudades: la atracción de talento.

Si allá están cerrando la puerta a la migración, y por lo tanto al talento, hay que apostar en serio por crear un medio ambiente atractivo para las nuevas generaciones. Eso implica una ciudad conectada, un medio ambiente sano, una vida segura, un Estado de derecho consolidado, una sociedad incluyente. Ahí hay que poner las apuestas de futuro. Eso implica un reto para una ciudad que aún arrastra problemas sociales y visiones conservadoras. Tenemos, pues, que perderle el miedo al otro, al diferente, al que no piensa igual y al mismo tiempo combatir las tres terribles en el terreno de la justicia social y administrativa, pero sobre todo en la seguridad. Hay que construir políticas públicas que ayuden a mitigar, dentro de lo posible, los impactos de estos años de incertidumbre, pero comencemos ya a construir la ciudad y la economía de futuro, esa que está del otro lado de la caja.

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