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El movimiento retrógrado de Marte

El movimiento retrógrado de Marte

El movimiento retrógrado de Marte

Dice Juan Villoro que cuando acabó de leer Los sonámbulos de Arthur Koestler, pensó que el pleito que hubo entre Tycho Brahe y Johannes Kepler, dos astrónomos del siglo XVI, era una forma de complicidad; entonces, tomó la pluma y se puso a escribir un libreto para convertirlo en una de las mejores obras de teatro que he visto y disfrutado últimamente, en donde su estructura, hecha con el mismo hilo, tiene como buen tejido unos puntos al derecho y otros al revés, para construir así una comedia en dos actos que se lleva a cabo tanto en el siglo XVI como en nuestros días con varias lecturas en diferentes planos, entre ellos, una que está fuera del escenario y que tiene que ver con el amor que hay entre un hijo talentoso y su padre putativo.

Se llama La desobediencia de Marte y está en el Teatro Helénico bajo la dirección de Antonio Castro con Joaquín Cosío como Brahe y José María Tavira como Kepler. La escenografía es de Damián Ortega, coordinada por Anna Adriá en donde recrean el palacio Uraniborg en Praga, como el que se mandó construir Tycho Brahe en 1576 para ser el primer instituto de investigación astronómica en el mundo.

“La vejez malhumorada y la juventud no pueden convivir. La juventud es puro regocijo, la vejez, todo cuidado; la juventud es mañana veraniega, la vejez tiempo invernal...”, como recupero esto de Shakespeare mientras veíamos en acción al viejo Tycho discutiendo con Kepler, veinticinco años más joven que el danés, los dos borrachos porque esa noche, como el cielo estaba encapotado, no había nada que ver. Mejor bebieron, discutieron y se pelearon como Marte el dios de la guerra o como Urano con ese temor de ser castrado por Crono, su hijo, en defensa de su madre o, lo que es lo mismo, el astrónomo viejo y hacedor de tablas y las medidas exactas de las órbitas de los planetas y el movimiento retrógrado de Marte y el joven matemático, abstracto y medio cegatón, que apesta porque no se ha bañado nunca que está a punto de formular las leyes del movimiento de los planetas, urgido de las tablas de Brahe para confirmar lo suyo.

Son dos colegas que beben y discuten como lo pueden hacer dos actores en la cantina. Villoro pasa del revés al derecho, para que veamos ahora a los dos actores ensayando esta obra y discutiendo otros asuntos, como los que puede haber entre un viejo actor y un recién egresado de la escuela, entre el celo y la envidia, entre el malhumor y la juventud dedicada a actuar en las obras serias no como el viejo lo hace con las telenovelas y los anuncios de jabones con los que paga la pensión de las cuatro ex esposas que tiene en cartera.

Vuelven los astrónomos crudos al observatorio medieval, entre el astrolabio y un telescopio como el de Galileo y seguimos con la rivalidad, como la que puede haber entre padre e hijo, en medio de los reclamos o la nostalgia de Urania como el retrato que le han robado a Tycho de la mujer que adoró el viejo lascivo como nunca en su vida.

Hay una tercera lectura envuelta en el buen gusto, la imaginación y el talento de la historia y la nostalgia de la vida hecha ese nudo que hay que deshacer antes de que se acabe la obra o la vida. Como buena comedia que se respete, esperamos un final feliz para salir de la sala o del palacio agradecidos, reconociendo las tablas de Villoro, la buena dirección de Tony Castro, la actuación de los actores y el equipo que estuvo al cuidado de esta producción en donde han demostrado el talento que tienen en plena acción.

 

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