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Viernes, 24 de Noviembre 2017

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El arte urbano y la confianza en las autoridades

El arte urbano y la confianza en las autoridades

El arte urbano y la confianza en las autoridades

Lo que está en el fondo de estos temas, más allá de la conveniencia de realizar las obras, más allá de las opiniones estéticas o técnicas de cada caso, es la profunda falta de transparencia y de respeto que agravia al ciudadano que día con día brinca baches, se tropieza en las banquetas, anda en camiones destartalados, es asaltado en las calles y encima paga impuestos.

    ¿Será demasiado pedir que decisiones como las que se han tomado en materia de arte urbano se procesen de cara al público, con una comisión de expertos con nombres y apellidos, informando quiénes son los funcionarios que estampan sus firmas, quiénes son los artistas a los que se encargan las obras, los precios pactados por ellas, etc.?

    Una diputada del PRI presentó en el Congreso del Estado una iniciativa de reforma para prohibir que se usen recursos públicos (¡sólo privados!) en la adquisición de obras de arte para espacios públicos: ocurrencia oportunista que pone en tela de juicio una de las atribuciones más antiguas del municipio.  

    La manzana de la discordia es la pieza llamada “Sincretismo”, de Ismael Vargas, y la discusión ha ofrecido interesantes vislumbres, la mayoría entre divertidos y consternantes, de las mentalidades actuales de los tapatíos.  

    La escultura se inscribe en una estética que según José Clemente Orozco, en su autobiografía, surgió por la década de 1930 y que describe con bastante desdén: “empezó a inundarse México de petates, ollas, huaraches, danzantes de Chalma, sarapes, rebozos... el nacionalismo agudo hacía su aparición”.

    Los regímenes “revolucionarios” intentaron por todos los medios manipular la historia y la mentalidad del pueblo mexicano, recurriendo entre otras cosas a lo que Hobsbawm llamaría luego “tradiciones inventadas”. Algunas pegaron, la mayoría no. Con el respaldo de las corporaciones del partido (como ese primor estalinista que fue la Liga de Escritores y Artistas Revolucionarios) se impulsó una estética... digamos “pintoresca”: un arte folclórico, superficial y ramplón. Los dos “hitazos” del régimen fueron las calacas ubicuas, sobre todo bajo la forma de “la catrina”, y los altares de muertos, aun en regiones donde jamás existió tal costumbre, como por ejemplo Guadalajara. Pero casi todos los demás empeños fracasaron, afortunadamente.

    Esa estética del papel picado acabó encerrando a las artes del México oficial en la célebre “cortina de nopal”, que de repente retoña. También retoña la memoria histórica de los agravios anticatólicos, que fueron muchos. Con esa combinación, al Ayuntamiento se le armó bonita bronca, a dos fuegos entre “católicos de Pedro el Ermitaño y jacobinos de época terciaria”, como escribía López Velarde.

    Pero más allá del insólito retorno en 2017 de querellas añejas, hay en el fondo una memoria colectiva de insultos a la ciudadanía (los “sabadazos” de la Escuela de Música, el ciprés de Catedral y mil más) y una profunda desconfianza por la falta de transparencia. Se ha infantilizado al ciudadano a fuerza de tratarlo mal y de faltarle al respeto. Se ha degradado el debate público y rebajado el nivel del pensamiento colectivo, como refleja buena parte de esta polémica.

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