Logo de aviso informador Logo de circulo informador Logo de gente bien
Viernes, 24 de Noviembre 2017

Ideas

Ideas |

El agua al cuello

El agua al cuello

El agua al cuello

Las imágenes de las inundaciones en Texas nos resultan particularmente inquietantes a los tapatíos, me parece, porque muchos por estos lares tenemos parientes o amigos en aquel estado gringo (y ni les digo lo que pasará si se inunda California, que un día va a estar habitada por más conciudadanos nuestros que la misma Guadalajara). Esta ciudad también se inunda, cada verano, durante el temporal de lluvias, pero no en la proporción desastrosa que hemos visto en Texas durante los últimos días (desastre que se ha agravado porque el señor que dice fungir como presidente de los Estados Unidos anda muy ocupado amenazándonos con salirse del TLC y obligarnos a pagar por su muro dichoso en vez de arremangarse y ponerse a echar la mano en la coordinación de esfuerzos de rescate en el sur de su país). Lo nuestro son encharcamientos e inundaciones crónicas, producto de un sistema de alcantarillado digno de un pueblito bibicletero (viejo apodo, por cierto, de la ciudad, que ahora enorgullece, retrospectivamente a algunos de sus habitantes), de nuestra inveterada costumbre de tirar basura en las calles y tapar las bocas de tormenta y del hecho incontrastable de que somos capaces de fincar nuestras casas en el mismísimo centro del Lago de Chapala y después sorprendernos de tener charales en la sala-comedor. Acá, a pesar de los años, muchos siguen mirando los desastres naturales como cosas que pasan en otros lados (de preferencia en la tele), pero el cambio climático nos está demostrando que no hay, básicamente, ningún oasis de paz y que cualquier urbe está expuesta a peligros que antaño no le eran familiares.

No sé si alguien recuerda el huracán Patricia, de octubre de 2015, que tuvo los vientos más fuertes registrados en el Hemisterio Occidental y amenazó con mandar a Jalisco a la lona (algunos locutores televisivos, con algo que no era fácil saber si era entusiasmo o pánico, citaban continuamente la catástrofe provocada por el paso del huracán Katrina por Nueva Orleáns, en 2005, como ejemplo de lo que podría esperarnos, pese a que nuestra ciudad se encuentra a cientos de kilómetros del mar). No llegó a suceder nada espantoso, por fortuna, porque el huracán no pegó de lleno en las poblaciones costeras, se estampó en la Sierra Madre y perdió toda su fuerza. Aunque en la costa hubo municipios con daños severos, en la ciudad no sucedió nada, más allá de que los tapatíos se pasaron un par de mañanas, grises y ventosas, bajo un tenue manto de lluvia. Eso sí: se evacuaron escuelas y algunas oficinas, se llamó a reforzar ventanas y a acudir a albergues si la cosa empeoraba. Se produjeron escenas de confusión y hasta de pánico. Yo me encontraba en la Ciudad de México y, rodeado de capitalinos, me tocó mirar la cobertura en televisores de bar que generalmente solo transmiten partidos de futbol o peleas de box. “Ya se va a acabar Guanatos”, le dijo con cierto pasmo el mesero a un parroquiano recién llegado que atinó a preguntar qué estábamos mirando todos en las pantallas. Yo sentí como si me dieran una cuchillada, la verdad. “Guanatos”, por suerte y como todos sabemos, sobrevivió bien. Sin embargo, ese par de días de azoro deberían servir para recordarnos que nuestra infraestructura urbana no está como para soportar nada fuera de lo normal (si lo normal lo soporta muy apenitas). Y que un día, por exceso de agua, por un malhadado terremoto o, francamente, por el motivo que sea, nos exponemos a vernos tan indefensos como se ven hoy los texanos.

 

Lee También

Comentarios