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Lunes, 20 de Noviembre 2017

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"El Pana"

"El Pana"

No hay punto medio —ese sitio equidistante entre lo blanco y lo negro en que es fama que se encuentra la virtud— en el que puedan refugiarse, como en puerto seguro, los prudentes. No hay terreno neutral en el debate. Los hechos obligan a pronunciarse: ¿es “El Pana”, como dicen sus admiradores —y, por extensión, los de la “fiesta brava”—, un genio…?, ¿o es, como dicen sus detractores —y, por extensión, los del toreo—, un mamarracho…?

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La desgracia del diestro tlaxcalteca, víctima, a sus 64 años de edad, de un percance en la plaza de toros de Ciudad Lerdo, Durango, que le provocó fracturas en tres vértebras cervicales y muy probablemente lo dejará cuadripléjico (inmóvil, incapaz de valerse por sí mismo, ni siquiera para respirar) por el resto de sus días, avivó las pavesas de una hoguera que parece agonizante, pero nunca muere del todo. De una parte, quienes sostienen que el toreo es un arte y quienes lo abrazan como modus vivendi, reencarnaciones de los héroes mitológicos: encarnación de virtudes sobrenaturales; mezcla de dioses con hombres. De la otra, quienes abominan de un divertimento sádico, en que el pretendido placer está supeditado al sufrimiento sistemático y al final de cuentas a la muerte cruenta de un ser vivo, en nombre de una expresión de valor cultural y estético muy discutibles.

Rodolfo Rodríguez lleva el apodo con que es más conocido en el mundo del toreo (“El Pana”), por uno de los tantos oficios humildes —el de panadero— que a lo largo de su azarosa vida ha desempeñado. A diferencia de los que, al decir de los entendidos, nacieron con “el don” (un Belmonte, un “Manolete”, un Capetillo, un “Mondeño”, un Juan Tomás…), Rodolfo nació con una vocación muy nítida, en el cuerpo equivocado. Tenía —es decir: tiene, si en sus circunstancias actuales el verbo tener puede conjugarse en presente— alma de torero… pero la vida le hizo la trágica broma de regatearle, tal vez en la misma medida, tanto las facultades que se requieren para estar, en ese medio tan peculiar, a la altura de su afición, como las oportunidades de llegar a ser figuras del toreo que muy pocos tienen.

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Postrado, más humillado que ensalzado porque el percance que sufrió ni siquiera fue una cornada de las que los toreros presumen como condecoraciones conseguidas en los ruedos, sino un tope del torete al que de manera torpe se le atravesó, “El Pana” cosecha ahora, a partes iguales, expresiones de conmiseración, por su desgracia, y de desprecio de quienes consideran de elemental justicia que pague el sufrimiento que a tantos toros causó en la vida.

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