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Domingo, 20 de Enero 2019

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El Jardín Escultórico

Por: Vicente García Remus

(Parte complementaria) Luego miramos una pieza llamada Sin título III, conformada por tres placas de hierro, dos un tanto piramidales, de dos pulgadas de gruesas y de tres en su parte alta, rectangulares, de un metro por 3.50, una placa vertical, de 1.5  pulgadas de gruesa y 1.85 metros de altura las une, tiene figura humanoide, sentado  en la placa inferior y sosteniendo con la cabeza y mano izquierda la placa superior, la mano derecha está apoyada en la placa inferior, la obra es de Paul Nervin, nació en Bayonna, Francia, en 1949. Estudió arte en algunas universidades, como en la UdeG. Se ha inclinado por realizar obras abstractas en metal. Para 1980 expuso en la Casa de la Cultura Jalisciense, varios foros y galerías han cobijado sus creaciones. Manuel Felquérez escribió: “Nervin nunca embellece; es explicito, pero no elabora, y esta parquedad de volúmenes y contornos que conforman sus esculturas proyecta calladamente un gran espacio alrededor de ellas y produce en quien las contempla la deliciosa sensación de estar incluido en un círculo mágico, de ser participante y no mero espectador del arte… nos enseña a ver la belleza que hay escondida en este material contemporáneo”. Enseguida contemplamos la Silla lobo, con nariz esférica, una lengua muy larga, con la punta enrollada. Las manos humanas, cruzadas y con las venas resaltadas, viste un gran camisón, abierto en su pecho, se arruga un poco antes de llegar a los pies, que son cuatro, al frente uno con tenis sin cintas y el otro con una zapatilla, mostrando venas salientes, atrás, un pie descansa sobre un guarache con moño, y el otro sobre un tenis, se dejan ver las pantorras, las nalgas y la columna. Nos fuimos sentando en las piernas del lobo, de donde se mira: las cúpulas del templo de San Antonio, la tienda de Patricio, la casa Fajardo, la antigua central y el añorado “Cine Pino”. A un costado se encuentra la Silla mago, con un alto sombrero en cono, cara redonda, con los cachetes arqueados, con una contagiosa sonrisa, boca chica y nariz hexagonal, el pecho con senos firmes (en vez de mago, maga), el traje baja hasta el piso con una bastilla, salen las puntas de los pies con distintas zapatillas, atrás se notan, las nalgas y las vertebras. De sus piernas vi el señorial marco de la puerta del atrio de La Purísima, la balaustrada y una ventana de cuatro hojas. Ambas sillas son de bronce y su autor fue el tapatío Alejandro Colunga, colección de Rafael González Gallo, la primera se realizó en 1995 y la segunda en 2010. Otras sillas lucen frente al Cultural Cabañas, en el Museo Amparo, Puebla, y en la “Rotonda del Mar”, Puerto Vallarta, grandes esculturas posan en el Naasao County Museum, en Nueva York. Dentro del redondel del jardín, admiramos un caballo percherón al centro y un toro cebú del lado oriente, el caballo a paso, con las orejas paradas, advirtiendo algo, con un escorpión en su vientre, un balero lo hace girar, cobrando cierto movimiento, es de tela metálica, obra nombrada, Indómito, de A. Nadia Guthmann (2010), argentina apasionada por los cuacos. Ángeles Smart citó: “La fuerza vinculante de la metáfora, estirando y contrayendo mallas de metal desplegado, sucesivas figuras animales, delimitadas pero abiertas. Y en el mismo momento de instaurar significado, desencadenan un complejo proceso de simbolización sin retorno. Nada es sólo lo que parece, los conceptos biológicos, son vehículos que problematizan ecosistemas humanos. Nunca el hombre se sintió tan sumergido/confundido, en el reino de las formas vivas, la empatía con el medio parece ser la verdad esencial de toda existencia”.  El toro de bronce, echado, mostrando una gran giba y papada, sin faltar las criadillas, creación de Juan Soriano (2000), de cepa tapatía, extraordinario fotógrafo, pintor y escultor. A sus 15 años expuso por primera vez y fue en su querido terruño, al año siguiente emigró a la capital y entró al taller “Evolución”, en 1936 ingresó a la Escuela Nocturna de Arte para obreros. Para 1945-1947, expone en Filadelfia, Nueva York y en la Ciudad de México. En 1950 se le otorgó el Primer Premio en el Salón de Invierno. En Creta pintó Apolo y las musas. En 1956, expuso en Roma y al año siguiente recibió el Premio José Clemente Orozco. Para 1966 montó una exposición escultórica en el Palacio de Bellas Artes. En 1976 recibió el premio de Pintura de Cagnes-sur-Mer, Francia. En 1987, realiza la escultura monumental Toro, le siguieron: Paloma, Ola, Caracol, Luna y Sirena. Al frente del patio de la casa Morales, observamos una vibrante medusa con diez tentáculos, firmada por BLU, antes Leona, Maritza Vázquez Castañeda, guadalajarense, egresada de Artes Visuales de la UAG, con especialidad en escultura, de adolecente creaba formas con plastilina, yeso o barro, hoy está inspirada por plantas marinas, corales, erizos y esponjas. Por último apreciamos sobre una barda dos caballos reparando, de varilla corrugada y alambrón, y una mosca conformada por arados y varillas, obras de Víctor Padilla. Cabe mencionar a dos destacados escultores avecinados en Tapalpa: Víctor Charles de la Mora e Ignacio Fernández del Valle Bickel, mejor conocido por “Can”.

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