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Martes, 21 de Noviembre 2017

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Doce Estrellas

Doce Estrellas

Doce Estrellas

No viví los festejos por el reciente campeonato número doce de las gloriosas Chivas Rayadas del Guadalajara porque estaba en el extranjero (qué suertecita, la verdad: luego de años de espera, se me cruza un viaje impostergable con las fechas de la final y me la pierdo). No puedo, por tanto, contar nada sobre el ambiente en la ciudad, la renovada glorieta Minerva (que sigue tan fea como siempre pero ahora limpia) o lo que la antigua prensa insistía en llamar “verbena popular”, que me imagino que fue memorable: sea uno o no de las Chivas, debe alegrar un poco el alma mirar las calles de esta ciudad tan neurótica y bocabajeada llenas de gente feliz, por el motivo que sea. Vi el partido de vuelta contra los Tigres en la lejana y hermosa Sevilla, en la alta madrugada, y, cuando se consumó la victoria de las fuerzas del bien (es decir, las Chivas), salí a dar de brincos a una plaza vacía. Acabé conversando con un barrendero muy amable que era partidario del Betis, equipo que no es campeón en España desde el año del señor de 1935 y que se deprimió un poco (más) por verme tan contento.

Las que sí me tocaron en vivo, en cambio, y contra toda mi voluntad, fueron las celebraciones de los aficionados del Real Madrid por la consecución de la decimosegunda Champions League de su escuadra. Estaba yo en la capital de España ese día y fue imposible escapar (y aquí aclaro que detesto al Real Madrid desde que tuve conocimiento de su existencia y que el apoyo moral que los locutores de la empresa Televisa, los mismos que se dedicaban a cantar las loas del América, le daban durante los años de gloria de Hugo Sánchez no contribuyeron nada a hacerme simpático al equipo). Tuve que cruzar la zona de la Cibeles en un taxi conducido por un colombiano desesperado, mientras por todas partes nos cercaban hordas de gente con playeras blancas y banderas. Al final pude encontrar refugio en un bar de partidarios del Atlético de Madrid, que tenían las caras tan largas como la mía. Me sentí en casa.

Es curiosa la manera en que el futbol nos hace desvariar. Amigos perfectamente sensatos y razonables se convierten en merolicos inaguantables o en furibundos ayatolas al momento de hablar sobre su equipo favorito o al denostar a los rivales. Pongo como ejemplo a un conocido, un tipo de grandes capacidades, pero al que la derrota de los Tigres condujo a un episodio de psicosis asombroso: se tomó la molestia de redactar un documento de quince páginas (en algo así como media hora) para enviarme todo insulto que se le pasó por la cabeza por ser yo de las Chivas. Pero que nadie diga que las pasiones futbolísticas son efímeras: ya pasó casi un mes y es hora que no se ha disculpado por el ataque de ira ni retirado sus palabras. Lo bueno es que nomás de imaginármelo rabioso, sin dormir, torcido de odio y frustración, me alegra muchísimo más que su equipo perdiera. No por los Tigres, que me parecen un cuadro muy respetable, sino porque a veces los locos tienen que entender que no pueden salirse con la suya.

Lamento, por las mismas razones, haberme perdido el espectáculo de mis amigos del Atlas (que son muy queridos y forman una pequeña legión) echando pestes. Uno de ellos, incluso, se tomó la molestia de ser el primero en enviarme sus felicitaciones, con un dejo de resignación que sabe que mucho le aprecio.

Estuve, pues, en las doce estrellas equivocadas. Me alegro haber regresado a la ciudad de las correctas.

 

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