Jueves, 13 de Mayo 2021

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Diario de un espectador

Por: Juan Palomar

Diario de un espectador

Diario de un espectador

Atmosféricas. Informan de una granizada singular que al jardín le sucedió uno de estos días. Mínimas y albeantes esferas de hielo, aguas petrificadas por breves instantes que dieron cuenta de buena parte de la enredadera de la terraza. El plúmbago, en su rincón, tan frágil él, atestigua los estragos. Dicen que la luz, esa vez, era de una plata desconocida. Que cada esfera al caer proyectaba unos brillos irrepetibles sobre el caserío sorprendido. Nada se supo además: los periódicos del día siguiente se ocupaban, crasos, en cosas infinitamente menos trascendentes.

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Recado del poeta, desde la orilla septentrional de la laguna. Cita Jorge Esquinca:

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«En mis conferencias suelo decir que una plausible misión del artista es lograr que la gente se sienta más contenta de estar viva. Entonces me preguntan si sé de algún artista que lo haya conseguido. -Los Beatles-, respondo.»

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Kurt Vonnegut

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Cronomoto

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Las listas del gato. Pareciera a veces que es su principal propósito, su central ocupación. Desde cada una de sus atalayas, minuciosamente escogidas, el tigre doméstico toma nota puntual: quién está, quién pasa, quién llega y quién se va. Se afirma que las nóminas que los felinos llevan permanecen para siempre en la memoria colectiva de la especie. Que son un registro cabal de su transcurso sobre la tierra, de sus reflexiones y juicios -casi siempre implacables. Así que el gato va apuntando las ausencias de los niños, sus tropelías y sus gozos. Nomás cuando ellos vuelven parece el félido dar muestra de discreto contento. De allí en más, una distante e imperceptible vigilancia consigna idas y venidas, atestigua estancias, captura conversaciones y gestos. Interperrito, gato taimado, se vuelve la caja negra de la navegación de la casa. Sabe muy bien lo que hizo y cuándo el fontanero o el maestro carpintero, conoce de las confidencias hace mucho sucedidas frente a la chimenea, de los gozos y de las sombras, de los castos olores de la cocina, de las músicas, las lecciones escolares, las recitaciones del insomnio. Clasifica las visitas, toma nota de los huéspedes. De más está decir que lleva cuidadosamente la cuenta de las atenciones, los cariños y las infantiles travesuras a él dedicadas. En el jardín, ejerce sin cesar su implacable y displicente soberanía. Vuelos de pájaros pasajeros, insectos incesantes, plantas y árboles, algunos hongos: todo lo domina. Gusta de merodear alrededor de la pila, a donde sabe se arriesgan, a veces con fatales resultados, ciertas aves desaprensivas. Es adicto, maravilla, al resplandor rojizo, a la voz de las campanas.

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The Who manqués…No haber estado allí, no poder, en la gran T, atestiguar el primer concierto de una de las más refulgentes bandas del planeta, ni ver los famosos movimientos circulares de Pete Townsend tañendo la guitarra, ni la pirotecnia vocal de Roger Daltrey, ni la ausencia de Keith Moon… Generoso regalo, los boletos quedaron sobre la mesa, como un recordatorio de lo que a veces no se puede, de la distancia y la minucia necia, de la premura boba que impide cumplir con cosas más importantes. Como estar en el concierto de The Who. Como íntima revancha, en el aporreado tocadiscos suenan a todo volumen y en despiadada sucesión Tommy y Quadrophenia, dos de las obras mayores del rock de todos los tiempos. Y regresa la memoria a la calle del mar Tirreno, a la casa amarilla de los Martínez Negrete en donde, nuevecita, fue oída con religiosa atención la ópera que habla de los avatares de Tommy, quien no podía oír, no podía ver, ni sentir. Curioso cómo una determinada casa se vuelve para siempre una música. Como otra, por la misma calle, y hace tiempo vilmente demolida, se volvió cada una de las canciones de A Question of Balance, de The Moody Blues. Y esas notas, indestructibles, guardan fielmente a las gentes, los cuartos y sus luces, el sótano misterioso con su mágico laboratorio donde aparecían las muchachas capturadas, o el bar en donde un angelito de Servín pedía no emborracharse y el diablito -casi siempre obedecido- recomendaba lo contrario. Y doña Aurorita, hada la más bondadosa, la más entrañable, velaba sobre la casa ahora abolida.

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El águila y la serpiente. Afirman que la fotografía es verídica. Que fue tomada muy cerca del trecho en donde, sobre la seca laguna de Texcoco, se intenta construir un aeropuerto. Las sospechas son justificadas: un personaje aparece demasiado próximo a la escena mitológica y fundacional. Pero no le hace: si non e vero… El caso es que un águila real, majestuosa y atareada, se dedica a comerse una culebra a la que aprisiona fatalmente con sus garras. Nopal no se ve por ningún lado: probablemente era la siguiente estación del ritual. La noticia cundió como un incendio entre los albañiles y los ingenieros: un gran anuncio había ocurrido allí. Las interpretaciones son diversas y dispares: un augurio del desastre, un regreso venturoso al principio traicionado, la premonición de que habrá de cumplirse -contra todos los pesares- la resurrección del lago ahora perdido…

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Escena de una canción de Nick Drake: el velero encallado, la vela mayor yace derrotada, el foque roto papaloteando al aire, una delgada driza que une, por poco tiempo, al barco con la tierra, y que se sabe pronto cederá para dejar ir a la leve goleta rumbo al último naufragio. Homero, Stevenson, Conrad, Mutis: todos cantarían junto con Drake, el taciturno, esta visión devastadora, este misterioso consuelo ante el ineluctable y noble fracaso de todo afán humano.

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Himno órfico, según Hesíodo:

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Perfume de las Musas: El incienso.

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Hijas de Mnemosina y de Zeus retumbante, Musas Piérides, las de nombres ilustres, gloriosísimas, deseabilísimas, las de mil formas, que estáis presentes a los mortales; generadoras de la irreprochable virtud en la juventud, alimentadoras del espíritu, que inspiráis pensamientos rectos; reinas, señoras de las almas, que habéis enseñado los misterios sagrados a los mortales; Clío, Euterpe, Talía, Melpómene, Terpsícore, Erato, Polimnia, Urania y Caliope, venid ¡oh castas Diosas! con vuestra madre poderosa, venid a los que inician en vuestros misterios, y dadnos ¡oh Diosas! el amor y la gloria de los himnos sin número.

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Podría, con provecho, ser leído este cantar ante el frontis del Teatro Degollado, en donde Ignacio Díaz Morales, mediante el encargo al escultor Benito Castañeda, instaló la grandeza de la noble y perdurable evocación y de la fecunda presencia del espíritu helénico, fundador de nuestra civilización, inagotable fuente de los más altos quehaceres de los hombres. Nueve diosas. Y nunca olvidar la leyenda refulgente que cruza el entablamento: Que nunca llegue el rumor de la discordia. Nunca el rumor del desacuerdo de los corazones y las voluntades, jamás el del rompimiento o el olvido de las más insignes y trascendentes manifestaciones del arte, de la cultura, representadas con esplendor intemporal por el cortejo marmóreo de las blancas musas que presiden el lado oriente de la muy tapatía plaza del Dos de Copas. El arquitecto, con este solo gesto, y con su plaza extraordinaria, levantó para siempre el aliento de Guadalajara. Para celebrarlo, el que pasa transcribe este himno, lo lee al pie de la fuente del levante, a la vista de la marca de piedra de su alarife que, orgullosamente, allí dura.

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Cita la portuguesa, la de las puntas de plata:

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Dice Fernando Pessoa: “El valor de las cosas no está en el tiempo que duran, sino en la intensidad con que suceden. Por eso existen momentos inolvidables, cosas inexplicables y personas incomparables.”

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jpalomar@informador.com.mx

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