Martes, 18 de Mayo 2021

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Diario de un espectador

Por: Juan Palomar

Diario de un espectador

Diario de un espectador

Atmosféricas. Horas tempranas revisando las matas. El jardinero mueve la cabeza: la albahaca se secó, misteriosamente. Los gozos y las sombras, los pozos y las bombas: la instalación del riego es minuciosamente adivinada. Llaves y compuertas que ya nadie sabe para qué trabajan, ramales ignotos, fugas escandalosas rápidamente sofocadas. Tres generaciones, nada cercanas, de bombas hidráulicas han dejado tras ellas pistas insolubles: nomás el aljibe, impasible, se declara ahíto de su espejo oscuro, relampagueante cuando lo alcanza la luz de la tarde. Las venas de agua surcan el noble cuerpo de la casa, y una difícil anatomía es poco a poco reconstruida. El reciente granado no acaba de decidir si es el lugar que ocupa el que ocupa para mejor respirar. Una mitad de su incipiente fronda sonríe con un verde de milagrería, mientras la fase oscura tristea por motivos que será preciso determinar. Pero nadie, afortunadamente, es dueño de un jardín si no se sabe el nombre de la última planta: y el arbusto que insiste en florear bajo el guayabo se resiste a encontrar denominación y origen. Él bien que se los sabe, y nada dirá, más que su mansa fidelidad, su glorioso y humilde empeño por desplegar las banderas de la mañana.

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Romería. Un rumor que viene de siglos avanza calle arriba. Al principio es el suave roce de miles de pies en el pavimento oscuro, las voces extrañamente quietas. Nomás el restallar de los látigos de piedad puntúa con sus secas detonaciones el silencio. Pero ya se oyen las avanzadas de los primeros danzantes; es un pulso muy hondo que va marcando todos los latidos que se han guardado para este exacto amanecer. Es como un canto, pero es mucho más que un canto: es el mismo aliento de sus vidas, el completo aleteo de sus entrañas, el que van dejando los romeros con el golpeteo de sus plantas metálicas sobre el suelo. Y chispas volaban. Magníficos carruajes de íntima pobreza llevan tres tambos de lámina a manera de tambores; dos romeros los empujan, y un oficiante ejecuta por turnos un solo que ya envidiaría desde el cielo Keith Moon. El ritmo, dice algún científico, se acuerda exactamente con las pulsaciones de una estrella extinta hace millones de años, y que en esta tierra estará viva todavía por otro tanto tiempo, cada doce de octubre. Más muchedumbre que empuja cochecitos de niños, sillas de ruedas, mandas pagadas con estos pasos. Y luego los otros danzantes, los de los penachos esplendorosos, los de los colores imposibles que matiza la oscuridad de la madrugada. Lujo y derroche, fiesta y loor para la Señora que trajo la paz, pendiente del cuello de un fraile ingenuo y valientísimo. Según algunas investigaciones podría afirmarse que sobre las banquetas de esa calle pudieran ponerse, como en la baldosa de Notre Dame sobre la que Paul Claudel encontró la conversión, las conmemoraciones de quienes allí hallaron la luz y el gozo de creer en tanta candorosa fe. La Señora ya no se sabe a qué hora pasará: hay quien dice que fue hace rato, quien afirma que apenas va saliendo de catedral. María de la O está en todos lados, en el gesto asombrado de unos niños que todo lo entienden al instante, en el aire furtivo de un joven truhan que se agrega a la procesión buscando la oportunidad de alguna fechoría, en la mirada borrosa de los viejos que desde medianoche acercaron trabajosamente sus sillas de plástico para ver pasar a la maravilla. El suave y áspero ejército de los que creen justifica con su fervor a la ciudad entera, se lleva con su empuje milenario el aire viciado y apestoso de la codicia y la usura, de los condescendientes o emponzoñados burlones y de los pagados de sí mismos, deja atrás un inexplicable olor a jacinto y a mirra. Una misericordia perdurable.

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Canciones sputnik. Da para mucho acordarse de la tecnología soviética: cuántos satélites patéticamente fallidos pagados con permanentes estancias en Siberia. Pero, en fin, algunos lograron orbitar, y quién sabe cuántos anden todavía allá arriba. Como algunas canciones, cuyas inesperadas trayectorias de vez en cuando -y algunas ya nunca- acercan la radiación de ondas que se apropian de repente, otra vez, del alma. Como una que habla de los diamantes y la herrumbre. Fue escrita hace cuarenta años para ajustar cuentas con una historia desdichada que había sucedido hace cincuenta. Ahora, a través de medio siglo, regresa -pure serendipity- la voz purísima de la madona de la canción para dar cuenta de un relato que puede ser todos los relatos de los amores incandescentes y fracasados -¿y cuáles, de los de a de veras, no lo son?

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Bueno, me lleva el tren

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aquí viene tu fantasma otra vez

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pero no es tan raro

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es nomás que la luna está llena

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y se te ocurrió llamar

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y aquí estoy sentada

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con la mano en el teléfono

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oyendo una voz que conocía

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hace dos años luz

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cuando iba derecho al precipicio

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A lo que me acuerdo tus ojos

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eran más azules que los huevos del petirrojo

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mi poesía era pésima dijiste

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¿de dónde llamas?

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una caseta en el Midwest

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hace diez años

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te compré mancuernillas

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tú me trajiste algo

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los dos sabemos lo que puede traer el recuerdo

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trae diamantes y herrumbre

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Irrumpiste en escena

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ya eras una leyenda

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el desaliñado fenómeno

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el original vagabundo

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te perdiste en mis brazos

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y ahí te quedaste

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temporalmente perdido en altamar

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la Madona era tuya a cambio de nada

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sí la muchacha en la media concha

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te mantendría a salvo

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Ahora te miro de pie

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con hojas pardas que caen alrededor

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y nieve en el pelo

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ahora sonríes por la ventana

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de ese hotel polvoriento

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sobre Washington Square

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nuestro aliento sube en nubes blancas

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que se mezclan y flotan en el aire

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hablando tan sólo para mí

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podríamos haber muerto allí y entonces

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Ahora me dices

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que no tienes nostalgia

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dame entonces otra palabra para esto

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tú que tan bueno eres con las palabras

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y para mantener las cosas vagas

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porque esa vaguedad reclamo ahora

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que todo vuelve a mí tan claro

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sí te quise con el alma

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y si me ofreces diamantes y herrumbre

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ya los pagué

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Dictado:

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“I’m not there. I’m gone. Nunca estará allí, en donde la ilusión de los sabiondos y los entendidos intentan situarlo. Elude, alude, piensa todo el tiempo en otra cosa. Cruza el siglo envuelto desde siempre en un aire de vaguedad, de leyenda que se escapa. Lo último que se supo fue que tocó para el Papa, que se decía su feligrés. O que alguien le dio un premio sueco más o menos errático. Otro inmenso poeta declaró que era como querer ponerle una medalla al Everest. Como decía una tía querida, hasta ahora el bardo incandescente “ni muestra beneficio ni manifiesta agravio”. Everybody is making love or else expecting rain, para resumir el tema. No sobrará decir -apunta- que millones de gentes en el planeta han podido ponerle cifra a su cuita o su contento gracias a dos o tres versos repentinos; no estará de más recordar que, en alguna carretera perdida de Alaska, todas las noches se va repitiendo el ritual: entre la estática del radio aparece el rayo de la iluminación, mientras una armónica da paso a algunas palabras que, justo a tiempo, enderezan el mortal rumbo que el conductor brevemente dormido ya llevaba. Tal vez no sea un disparate afirmar que el camino de la salud pasó, tantas veces, por una breve serie de versos que, al mismo tiempo que mantenían vagas las cosas, aclaraban el rumbo. Que los patéticos se rasguen las vestiduras, que rezongue la amplia clase media mental, dará lo mismo. Igual el bardo seguirá en sus cosas, diciendo lo que en gana le venga o no, siendo indispensable. Los suecos, muy orondos, esperarán el frac y el discurso, y congraciarse con la banda. A la mera el poeta se contentará con rasgar algunas notas de su canción más recóndita, a la mera seguirá, para ventura y honra del siglo, estando en otra parte.

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Conjuro: se puede repetir, interminablemente, al amparo de la Madona:

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With your mercury mouth in the missionary times,

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And your eyes like smoke and your prayers like rhymes,

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And your silver cross, and your voice like chimes,

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Oh, do they think could bury you?

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With your pockets well protected at last,

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And your streetcar visions which you place on the grass,

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And your flesh like silk, and your face like glass,

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Who could they get to carry you?

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Sad-eyed lady of the lowlands,

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Where the sad-eyed prophet says that no man comes,

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My warehouse eyes, my Arabian drums,

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Should I leave them by your gate,

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Or, sad-eyed lady, should I wait?”

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jpalomar@informador.com.mx

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