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Jueves, 17 de Enero 2019

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Diario de un espectador

Por: Juan Palomar

Diario de un espectador

Diario de un espectador

Atmosféricas. La bugambilia que declina. Llevará cinco años que decidió morirse. Era una gloria ver sus explosiones moradas contra el añil del muro del fondo. Don Liborio era muy su amigo, y se tomaba el trabajo de recoger en una canastita las flores caídas y dejarla discretamente sobre el restirador. Así que, en temporada, un resplandor morado contagiaba a los dibujos de una secreta pasión que algunas veces se convirtió en muros. Por allí navegarán esos cuartos y esos jardines en los que la mansa piel de las flores supo transmitir  -a lo mejor- una cierta sutileza, una cierta sencillez que provino de la más suntuosa y humilde de las enredaderas, de las manos bienaventuradas de don Liborio y de su elegantísima, alegre laboriosidad. Nomás queda ahora el mismo cielo protector: ni don Liborio ni la bugambilia. La planta recibió alguna orden ignota de parte de sus mandos supremos, y sin ninguna otra razón aparente, procedió a terminar sus días. Bien había durado cincuenta años, pero nunca fueron suficientes. Así que dejó huérfana a la pérgola y expuestos los ladrillos de perón de la terraza a un sol inclemente. Con tristeza su gran masa ya inerme fue penosamente retirada. Pero quedaron, confundidas con la llamarada y el rosal que se precipitaron después a ocupar su espacio, muchas guías que con el tiempo han ido resecándose. De vez en cuando, todavía, cuelga una rama, inclinando su cadáver a la fatal gravedad. Es momento de descolgarla con cuidado, de dársela a las llamas piadosas, de hacer una mínima lumbrada en memoria de los fuegos que fueron, de don Liborio, quien una mañana amaneció, con la gracia y la levedad últimas de un pajarito, también muerto. Recogerá ahora, ese señor de Amatitán, flores de bugambilia para adornar el más alto altar del cielo.

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Más de Tapalpa. Saliendo del pueblo hacia el camino de San Gabriel hay una capillita. Nada del otro mundo. O sí, dirán los teólogos, y los que se fijan. Muy blanca, minúscula, limpísima. Algo dice que fue hace no mucho levantada, que ha logrado enraizarse en el barrio y la comunidad como un árbol de buena cepa. Fijándose bien, tiene una pequeña obra maestra de civilidad y composición urbana: un portal se adosa a uno de los muros del modesto cuerpo principal, de cara al camino. Sencillo, alegre, honrado, tapalpeño. Allí toman la tarde tranquilamente cinco o seis señoras, varios chiquillos corretean, alguien fuma en el rincón. Casi nada, y todo: una metáfora callada y precisa de la nave de Pedro en sus más altos momentos. Una mansa y rotunda contradicción al griterío y la ignorancia, una invitación a la civilidad, la convivencia fraterna, a los espacios que por milenios han dado a la gente amparo y esperanza.

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Más adelante, camino siempre a San Gabriel, quedó en la punta de una de las manzanas orilleras una tira flaquísima de terreno rodeada por tres calles. Nadie hubiera pensado, viendo el predio minúsculo, que allí algo se pudiera edificar. El ranchero dueño del solar fue, de cualquier manera, visionario, y metafísico. Construyó dos pisos. El segundo, como vuela para tres lados, es una razonable, aunque muy delgada, vivienda. Abajo, de plano, armó un homenaje a la limpidez. Tres cuartos espiritifláuticos en enfilada. Ventanas a cada lado. Dos gentes no pasan por dentro al mismo tiempo. Ahora no hay allí más que aire. No caben más que unas láminas adosadas a las paredes, si acaso. Podría ser una bonita galería de vanguardia: propondría la provocación de una mirada periférica y abarcadora, un rompimiento de la tiranía del cubo blanco, un ejercicio transgresor de la cercanía y el tacto, una activación de situaciones retinianas alteradas, una experimentación límite del estrabismo proteico. Pero podría ser -nomás el ranchero lo sabrá- una simple celebración del acto de construir, un ejercicio de afirmación y dominio frente al mundo, la prueba necesaria para ganarle una apuesta -por un caballo retinto- a un compadre escéptico, que ahora se estaría lamentando al ver la proeza. Y el ranchero cabalgaría, muy contento.

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Revisitando al Golem. (Especulaciones del ocio). Por ahora, se llaman algoritmos, y cada usuario de las redes cibernéticas tiene uno, lo sepa o no. Es su doble, todavía en ciernes, pero lo es. Un sosias electrónico. El sistema va acorralando. Una compañía que vende música por internet construye, subrepticiamente, un algoritmo a partir de lo que el incauto va escogiendo u oyendo. Entre más se usa el servicio, el algoritmo se va complejizando, sofisticando. Así, a partir de las preferencias expresadas, la compañía comienza al poco andar a mandarle al usuario una selección musical especialmente confeccionada para él. Y usualmente, con base en cada una de esas preferencias anotadas puntualmente por la mátrix en turno, la maquinaria comienza a atinarle. Con una mezcla de evidencias e inferencias, aparece semanalmente en la pantalla del usuario una lista de músicas propuesta. Algunos autores conocidos, otros sacados del olvido o de ignotas grabaciones, bandas levemente parecidas a alguna que se oye habitualmente, muestras adrede disparatadas; y luego, puras calculadas especulaciones: si le gusta tal cosa le va a gustar ésta y ésta otra. La respuesta del usuario puede ser la indiferencia. Pero también puede ser el interés, el gusto, el descubrimiento, el descarte, la repetición de los hallazgos. Todo esto va a dar a la mátrix que continúa tejiendo, construyendo pacientemente el algoritmo.

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A la vuelta de algunos meses, el doble comienza a tomar forma. No se crea que se trata de un simple retrato-robot: es mucho más profundo que eso. Porque la música, ni más ni menos, revela el alma. Y ya expuesta, esta alma puede ser manipulada con el tremendo poder de la misma música. El conjunto de las armonías oídas, de sus letras, de la carga personal de cada autor, de sus retratos, más las reacciones detectadas a todo esto constituyen una especie de huella digital, de ADN que queda capturada. Y de repente el incauto cibernauta ya se volvió dos: él mismo y su algoritmo, que es hechura y propiedad de la mátrix. Y así, su otro yo flota en una nube informática, o se almacena en una bodega a ochenta kilómetros de Falfurrias, Tejas. O las dos… Luego, la compañía puede muy fácilmente cruzar información con todo el resto de los ingenios computacionales que pululan en la red y que el humano en vías de ser algoritmo también usa. Total, desde información médica, económica, de amistades, preferencias culinarias, viajes, actividades profesionales, de todo tipo de gustos, necesidades, inclinaciones, etcétera: todo podría ir a dar a la mátrix voraz e industriosa. De esta manera, el Golem toma forma. Alguna vez, en una ciudad lejana -que la mátrix previó que se visitaría- el desprevenido se cruzará, como casualmente, con su algoritmo vuelto persona. Entonces, atónito u horrorizado, el cibernauta hará un gesto de reconocimiento, buscará acercarse a ese pasmoso doble. Es ahí, frente al espejo perfecto, cuando el proceso culmina. De ese encuentro será imposible saber después quién es quién. La mátrix, sonreirá a su modo, contará un nuevo éxito en su designio de controlar el mundo. Borges, y el rabino en Praga, se mirarán, preocupados. De regreso de viaje, el incauto -o su algoritmo- se sentará otra vez frente a la pantalla parpadeante. Y entonces la mátrix le mandará una lectura de Borges:

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de El Golem:

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Si (como afirma el griego en el Cratilo)

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el nombre es arquetipo de la cosa

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en las letras de ‘rosa’ está la rosa

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y todo el Nilo en la palabra ‘Nilo’.

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(…)

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No a la manera de otras que una vaga

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sombra insinúan en la vaga historia,

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aún está verde y viva la memoria

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de Judá León, que era rabino en Praga.

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Sediento de saber lo que Dios sabe,

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Judá León se dio a permutaciones

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de letras y a complejas variaciones

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y al fin pronunció el Nombre que es la Clave,

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la Puerta, el Eco, el Huésped y el Palacio,

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sobre un muñeco que con torpes manos

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labró, para enseñarle los arcanos

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de las Letras, del Tiempo y del Espacio.

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El simulacro alzó los soñolientos

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párpados y vio formas y colores

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que no entendió, perdidos en rumores

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y ensayó temerosos movimientos.

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Gradualmente se vio (como nosotros)

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aprisionado en esta red sonora

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de Antes, Después, Ayer, Mientras, Ahora,

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Derecha, Izquierda, Yo, Tú, Aquellos, Otros.

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(El cabalista que ofició de numen

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a la vasta criatura apodó Golem;

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estas verdades las refiere Scholem

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en un docto lugar de su volumen.)

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El rabí le explicaba el universo

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“esto es mi pie; esto el tuyo, esto la soga.”

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y logró, al cabo de años, que el perverso

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barriera bien o mal la sinagoga.

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Tal vez hubo un error en la grafía

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o en la articulación del Sacro Nombre;

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a pesar de tan alta hechicería,

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no aprendió a hablar el aprendiz de hombre.

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Sus ojos, menos de hombre que de perro

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y harto menos de perro que de cosa,

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seguían al rabí por la dudosa

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penumbra de las piezas del encierro.

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Algo anormal y tosco hubo en el Golem,

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ya que a su paso el gato del rabino

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se escondía. (Ese gato no está en Scholem

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pero, a través del tiempo, lo adivino.)

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Elevando a su Dios manos filiales,

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las devociones de su Dios copiaba

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o, estúpido y sonriente, se ahuecaba

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en cóncavas zalemas orientales.

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El rabí lo miraba con ternura

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y con algún horror. ‘¿Cómo’ (se dijo)

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‘pude engendrar este penoso hijo

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y la inacción dejé, que es la cordura?’

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‘¿Por qué di en agregar a la infinita

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serie un símbolo más? ¿Por qué a la vana

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madeja que en lo eterno se devana,

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di otra causa, otro efecto y otra cuita?’

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En la hora de angustia y de luz vaga,

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en su Golem los ojos detenía.

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¿Quién nos dirá las cosas que sentía

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Dios, al mirar a su rabino en Praga?

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jpalomar@informador.com.mx

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