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Lunes, 27 de Mayo 2019
Ideas |

Diario de un espectador

Por: Juan Palomar

Diario de un espectador

Diario de un espectador

Atmosféricas. Siguen los arreglos y el jardín soporta estoicamente la polvareda. Matas por enderezar, el agua que piden los tímidos retoños, veredas inesperadas que las faenas propician. Las piñanonas abren un nuevo frente en la permanente batalla por ganar campo que se desarrolla sin tregua, calladamente. Un juego de tensiones y equilibrios, que los sabios amarres del jardinero refuerza, compone una de las esenciales materias con las que este conjunto de existencias acuerda, para cada día, un frágil y duradero pacto con el tiempo. Los jardines –cuando de veras lo son- proponen y establecen un orden al que es indispensable atender, para el que es preciso colaborar. A partir de las iniciales intenciones que le dieron sentido, el jardín desarrolla su propia, intransferible ánima: una planta que fue hace ochenta años apenas un trazo en el espacio se convierte, a fuerza de constancia y de inmemorial instinto biológico, en un elemento definitorio y enérgico en su ámbito. Y es él ahora el que dicta las instrucciones. Tal el manso jazmín que ahora reclama su plena soberanía ganada a través de lunas y temporales. Tal la curva exquisita de las ramas del guayabo que imprimen su gracia inigualada al claro de zacate que se acomoda como mejor puede a las solicitaciones de esta acumulación de voluntades, a la vez lúcidas y ciegas, que van así dando forma a un concentrado universo que se atreve, desde su principio, a acordarse con el paso de soles y estrellas. ** Escala al aire. La intensidad del esfuerzo requerido hace cavilar largamente al que pasa. Una escalera no es más que la metáfora precisa de sí misma. Ni descubrimiento ni invención: desde el principio de los tiempos, desde la separación de las tierras y las aguas, allí está: la posibilidad de alcanzar lo alto. Piedras fortuitamente acomodadas por el infinito juego de los dados telúricos, por la insistencia de las erosiones; o plataformas mínimas por las que los antepasados de los hombres encauzaron sus vagas o hambrientas voluntades. Hacer una escalera puede ser un acto, que por sí mismo, encarna la totalidad de los afanes humanos sobre la tierra. Superar la estatura del suelo que se pisa, levantar la existencia a otro estrato, asomarse a distintas perspectivas, acceder más arriba, más allá. Y después, la escalera es ya una extensión indisoluble de los pasos de quien la conoció, o de quien, con el esfuerzo de sus manos, con el designio de su mente, la dispuso. Es ya un reto ganado a la gravedad, a los límites de la existencia: umbral hacia las estrellas, hacia resplandores que antes no se alcanzaban. Cada territorio conquistado por el ascenso se convierte en una expansión del alma, en el recinto de la posibilidad, materia de la esperanza. El mundo, visto desde allí, es distinto, inédito. Un dominio que se incorpora a las posesiones de la vida: un valle nunca considerado, la revelación de una torre, un vislumbre de otras lejanías. Un noble muro de adobes que le da ancla y existencia al ingenio todo, un puñado de peldaños, láminas de un metal inexorablemente destinado a los trabajos del óxido: evocaciones de la liviandad que precede al vuelo. La escalera sube hacia el futuro, siempre. Los niños, curiosos, trepan con la agilidad de sus años, desaparecen, se internan en su nueva parcela del cielo. ** México. El alargado jardín de Tacubaya, a fuerza de los recientes trabajos, va revelando su antiguo designio. Leer largamente las intuiciones de quien lo plantó, entender sus leyes, ensayar a decir cosas que luego lo habrán de completar. Entre la adivinación y el riesgo, aparecen los convocados, personajes para una escena en la que hablarán la misma lengua, pero en la que quizás introducirán nuevos acentos e inflexiones en una conversación que no cesa. Colorines, tepozanes, una higuera; y jazmines con su séquito de fulgores. Un estanque que termina una oración que se quedó en el aire, que contiene una exacta porción del agua innumerable que circula por el planeta: mares y ríos y nubes que reposan bajo las ramas que ahora, en su quietud, replican, hacen pervivir. Memoria del agua: y ella ordena siempre irse, siempre quedarse el tiempo justo para decir la maravilla del día. Es así que, yendo y viniendo por los restos de la traza alguna vez esbozada, se distinguen varios ámbitos. Lugares revelados como en una escritura desleída por los años, recintos que recuperan su carácter y que –con la verdadera fidelidad- dicen lo mismo de otro modo, que proponen contemplaciones y recogimientos, rememoraciones y –sobre todo- júbilos por llegar. Porque el jardín será una herramienta cotidiana, un sustento duradero, un discreto consuelo, una espuela para demorar el viaje. ** Es, para la mente inquieta o memoriosa, un juguete ideal. Su difusión ha sido intensa. La cibernética invención se llama Spotify. Mucho se conocen ahora sus bondades, y las posibilidades que este adminículo electrónico ofrece. Es como si, de repente, todas las músicas nuevas quedaran a la disposición de quien antes trabajosamente conseguía retazos apenas de lo que interesarle pudiera. Bandas noveles y aguerridas se explayan al conjuro de dos o tres teclazos; las últimas producciones de ciertas figuras son sorprendentemente accesibles, exploraciones inopinadas son fácilmente practicables, versiones desconocidas de Brahms o Palestrina están ahora, agradeciblemente, a la mano. Y además: el estupor de Spotify tiene otro filo: como en el cielo de las cosas perdidas, como en un cuarto de los juguetes cuya llave ha sido largamente extraviada, aparecen, bien ordenados, relucientes, todos –o casi- los discos añorados, los álbumes que entre préstamos imprudentes, aviesas sustracciones o el simple tráfago de los años naufragaron dejando huecos dolorosos. Ese disco doble de Serge Reggiani, la compilación de los Stones que poseía una química inapreciable en la secuencia misma de sus contenidos, el inevitable sonsonete de una banda olvidada pero que marcó los años tempranos, los recovecos de Jefferson Airplane y sus sucesivos avatares, toda la producción bootleg del máster Dylan, esa canción precisa de Ferrat, de Ferré, de Gainsbourg, de Moustaki, de Montand; toda la discografía de Genesis, un título de King Crimson o de Gentle Giant o de los Kinks, un cierto álbum de Joan Baez. Suma y sigue, gracias al juguete mentado. ** Ejercicios de fervor por Emily Dickinson. Siempre hay en sus poemas esa humilde lucidez que a veces deslumbra, que con frecuencia desconcierta o sorprende, que siempre hace agradecer esa voz. La originalidad de su impulso poético le presta a lo que dice filos insospechados, resonancias que revelan nuevas luces. Músicas apenas sugeridas se convierten luego en potentes y delicados himnos, en canciones consoladoras, gracias al trabajo de la memoria –en la que los versos siguen operando de misteriosa manera mucho después de que se creen olvidados. Años de ir y venir por sus páginas, de intentar retener ciertas iluminaciones que se saben esenciales. Por el gusto y la necesidad, por el homenaje y la búsqueda, va una arriesgada versión: Las tareas del viento son unas cuantas, lanzar al mar los barcos, establecer marzo y escoltar las mareas, y a la libertad dar paso. Los placeres del viento son vastos, demorarse a través de la duración, permanecer o errar, especular, o conversar con los bosques. De la familia del viento son las cumbres Azof –y el equinoccio, quien tiene también con pájaro y asteroide un reverente trato. Los límites del viento, de su existencia, o de su muerte: demasiado sabio es para el desvelo, pero de cualquier modo, no lo sé. jpalomar@informador.com.mx

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