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Martes, 22 de Enero 2019

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Diario de un espectador

Por: Juan Palomar

Diario de un espectador

Diario de un espectador

Atmosféricas. Luna de octubre. Un complejo juego gravitacional la hace flotar, impasible, contra el universo en fuga. Y todo lo sabe. Como la soberana que es, decreta mareas y floraciones, extravíos y atisbos de inesperada lucidez. Dispone sobre ánimos y claridades, los que va dispensando conforme a su inapelable voluntad. Y si hay nubes, a las que la misma luna domina, algo en su pálida voluntad mineral así lo ha determinado. Ahora ejerce su imperio sobre el jardín que, sólo aparentemente, duerme. Rueda la luna en su carambola circular y al rato se recorta contra la torre del reloj del Expiatorio. La sombra de la ventana figura un extraño tablero sobre el suelo. Las blancas siempre ganan.
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Se llamaba Manuel González. Era, por decenios, el caporal de una hacienda del sur jalisciense. Recio, chaparro y levemente corpulento, de piernas arqueadas, impecablemente vestido, su presencia se agigantaba gracias a una personalidad imbatible que con una mirada o un gesto apaciguaba a gentes y caballos. Prieto, amable con los niños, muy derecho; una lumbre en sus pequeños ojos revelaba por qué era respetado por la peonada, por el pueblo entero; por qué era, y con mucho, el mejor jinete de la región. Dice la leyenda que, entrada su octava década de vida, volvía a ganar los juegos que aún se acostumbran en algunas partes y que son descendientes directos de los que los romanos celebraban en sus circos. Consistían en un jinete al galope tendido que tenía que saltar un obstáculo sobre el que colgaba, alta, una argolla. El objetivo era ensartar una aguja a través de ella. Cualquiera que sabe lo que es montar a caballo se da cuenta de lo arduo del lance. El caporal era certero, sobrio en su ejercicio a lomos de un alazán tostado al que mucho quería, y cuyo nombre, ay, se ha perdido en la bruma de los años. Y siempre ganaba.

Pero el recuerdo que más hondo queda es el de Manuel cuando pardeaba la tarde y se afanaba en un tejabán umbrío. Molía allí la alfalfa que luego daría a los caballos. Una máquina antigua y maravillosa servía para la molienda, mientras producía un ronroneo inolvidable. Bien hubiera podido dejar esas labores en manos de alguno de sus trabajadores: parecía encontrar un placer sencillo y esencial en ver cómo se llenaba el chiquihuite, en el olor de la yerba recién cortada. Los niños llegaban a esa hora precisa, hacían preguntas, correteaban. Desde un altillo jugaban largamente a brincar sobre los montones de alfalfa. Luego Manuel se hacía acompañar por los noveles jinetes a entregar, a cada caballo, su ración. A cada huésped de las caballerizas correspondía un cariñoso saludo por su nombre, unas palmadas afectuosas. El pequeño cortejo de niños seguía a aquel hombre, sin saber que su franciscana lección apacible duraría toda la vida. En el centro del corral la pila redonda reflejaba el cerro del Comal, y las últimas luces del día.
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En una revista ya amarilla de calendarios, perdida en alguna librería polvorienta, aparece la cita. La reminiscencia de su lectura remite, quizás, al Hombre del Buho, ciertamente a la vieja calle de la Parroquia. Uno de los grandes poetas que han dado estas tierras, Enrique González Martínez, habla de la ciudad donde nació: “Guadalajara era en aquellos años una ciudad limpia, sencilla y clara, con un provincianismo del mejor tono y con un ambiente de cultura digno de su historia y de su abolengo. El clima suave, el cielo de color añil, la belleza de sus mujeres, el encanto de sus serenatas, la profusión de sus flores y el olor de la tierra bañada por la lluvia, completaban el cuadro de la vida tapatía.” Este esbozo nostálgico habla del lugar en donde el autor, nacido en 1871, pasó sus primeros veinticuatro años. Y con pocos trazos entrega su recuerdo de la Guadalajara de finales del siglo XIX. Un testimonio que ayuda a entender, quizás a recuperar, el alma, el ánima y el estilo, de una ciudad que ahora yace bajo capas y capas de adocenamiento, vulgaridad, olvido. Acto de fe: y que puede regresar. Otro retrato, éste fechado en México, en 1919. González Martínez se acercaba al medio siglo de vida. La dedicatoria, para un joven poeta y traductor tapatío de la mitad de sus años, elogiaba su inteligencia, celebraba su amistad. El autor de La apacible locura –y candidato al premio Nobel en 1949- luce muy derecho y peinado, se atavía con un levitón y luce quevedos sobre una recia nariz. La lucidez de su mirada explica muchas cosas.

Sólo tres cosas tenía
para su viaje el Romero:
los ojos abiertos a la lejanía,
atento el oído y el paso ligero.
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El maestro y el estudiante. La casa era desde hacía mucho conocida. Y sin embargo siempre producía un asombro antiguo e instantáneamente nuevo. No se podía entrar sin sentir un escalofrío de placer, un aguijón de extraña nostalgia, un gozo continuado. El arquitecto recibía al muchacho en su sillón de siempre, las lámparas encendidas aunque todavía la claridad entrara por la gran ventana de vidrios esmerilados. Todo alrededor de él era deliberado hasta el delirio, y sin embargo una amable naturalidad emanaba del vasto espacio. Se sabía que todo eso era una discreta radiación de quien entonces se levantaba, dueño de una exquisita educación, a la llegada del invitado, a quien abrazaba con el viejo afecto de sucesivas generaciones. El estudiante llegaba cargado de razones, ávido de abrevar en la sabiduría del maestro, en su estilo pasmoso; un plano escolar deslizado subrepticiamente en la mochila llevaba, sin mayor esperanza, el deseo de hacer su tímida presentación ante los ojos del genio.

Dispuesto a oír grandes cosas de la boca de la absoluta leyenda arquitectónica del siglo XX mexicano, el joven era gradualmente conducido a otros terrenos, y el té de citronela –costumbre doméstica- llenaba el cuarto con su olor. Sin solución de continuidad, sin saber cómo, tras que el arquitecto desviara la plática sobre su propia obra, después de hablar en su lugar sobre las kashbas y los prodigios de Grecia, el estudiante estaba ya mostrando con enjundia el proyecto secreto. Consistía en el arreglo –algo drástico- de una vieja vecindad tapatía. El maestro lo consideraba con cuidado, hacía lacónicos comentarios, ponderó los párvulos dibujos y al final dijo un elogio sorprendente y enigmático. El muchacho, todavía aturdido, cruzó de salida el zaguán, sin creer haber merecido ese extraño privilegio, esa bondad del maestro que supo sutilmente subvertir el sentido del encuentro para entregar una lección insuperable de elegancia, de gentil enseñanza imborrable. Se llamaba, claro, Luis Barragán.
 

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