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Domingo, 20 de Enero 2019

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Diario de un espectador

Por: Juan Palomar

Diario de un espectador

Diario de un espectador

Atmosféricas: tormenta en la madrugada. Hace ya días y noches que llegó la última tempestad de la temporada. Tomó las calles por asalto y los viejos pretiles de adobe resistieron bravamente los turbillones de agua enfurecida. En la duermevela, al azote de las rachas de viento se oía a las ramas cercanas rascar contra la ventana. Kilómetros arriba, el cielo era clarísimo y la luna rodaba, quieta en su silencio insondable. Dicen que en su cara oscura están grabados, desde hace millones de años, todos los destinos de esta Tierra. En alguna ignota anfractuosidad de su suelo se podría leer, entonces, la lluvia que esta vez recorrió, violenta y generosa, la ciudad oscurecida.
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Este día, hace noventa y cuatro años. París. En las escaleras de Montmartre debió apenas espesarse la neblina. Una casa en la rue Damrémont estuvo toda la noche encendida. Seguramente, con las primeras luces, un niño vio por primera vez el mundo. El padre ceñudo, las tías, la abuela, velaron el sencillo prodigio. Pocos años antes, en la Gran Guerra, Bernard, otro de los tíos, había muerto en una imposible y heroica carga de caballería. Quizás de allí la inclinación familiar para intentar empresas descabelladas, a veces coronadas por el triunfo, otras por el fracaso –esos dos impostores, había dicho Kipling hacía apenas cinco lustros. El niño, hijo de una larga sangre mexicana, de una clara sangre francesa, habría de traducir, al poco andar, ese poema combativo y sabio, ese programa al que ajustaría su vida. A unas pocas casas, una veintena de años antes, había nacido André Malraux. La calle fue trazada en 1867. Datos para una silenciosa celebración. 34 mil trescientos diez días después, en Madrid, un nuevo niño, eslabón de una cadena milenaria, deberá su existencia a que un día, en el viejo barrio del XVIII arrondisement parisino, una mujer de pelo rubio, alborotado sin duda por la faena, de ojos claros y un poco tristes, entregó al futuro a todos estos pasajeros que ahora andan por sus caminos.
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Placebo: Protect me from what I want. Protégeme, ay, de lo que deseo.
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Canciones contadas. Ladytron: Roxy Music. Bryan Ferry se las arregla, con la ayuda de Brian Eno, para dejar una canción misteriosa, en la que los sonidos del oboe y del mellotrón introducen una atmósfera sombría, compleja, peligrosa. Homme à femmes si los ha habido en el rock, dandy inveterado, Ferry desliza sus versos venenosos. Y sin embargo, algo hay en la composición que queda flotando en la memoria. Ladytron: cómo correr, incansable y con la honda melancolía de los donjuanes, atrás de una señora y luego de otra, y otra… O asediar a una señora que es un robot, y a la que es preciso seducir, descifrar sus recónditos mecanismos, rendir. Y luego rendirse ante ella, de nuevo.
Me tienes muchacha en tu busca, buscándote/ Me tienes buscando por toda la ciudad/ Me tienes muchacha en tu busca/ Y me estoy hundiendo, hundiendo/ Señora si quieres encontrar un amante/ No tienes más dónde buscar/ Porque seré el único./ Buscando en el principio de la estación/ Y mi única razón/ Es que te tendré/ Encontraré alguna suerte de conexión/ Escondiendo mi intención/ Y entonces me acercaré a ti/ Te usaré y te confundiré/ Y entonces te perderé/ Y nada habrás sospechado.
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El carretón de la basura. El del cencerro bailaba con movimientos agraciados e irónicos para mejor hacer sonar su instrumento. Un llamado a la cotidiana purificación de las casas, al tranquilizador alejamiento de los desechos, tantas veces insensatos. Como un encantador de los barrios, el del cencerro llama a seguir la danza del día, y arrastra tras de sí al pesado vehículo que entre resoplidos paquidérmicos devora los detritos. Un viejo nombre para ese transporte remite a siglos pasados, a un trasunto de mulas que arrastraban su carga bajo el imperioso acicate de su conductor. Un nombre que humildemente nos ata a lo que fue, que renueva lo que va siendo: el carretón de la basura.
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Julian Barnes: “Esto último no es algo que haya realmente visto, pero lo que tú terminas por recordar no es siempre lo mismo que tu has presenciado.” “Y sin embargo se requiere solamente el mínimo placer o dolor para enseñarnos la maleabilidad del tiempo. Algunas emociones lo aceleran, otras lo hacen más lento; ocasionalmente, parece ausentarse –hasta el eventual punto cuando el tiempo realmente se ausenta, para nunca volver.” “Para la mayoría de nosotros, la primera experiencia del amor, aun si es un fracaso –quizá especialmente cuando es un fracaso- promete que aquí está la cosa que valida, que reivindica la vida. Y a pesar de que los años subsecuentes puedan alterar esta visión, hasta que algunos de nosotros prescindamos de él completamente, cuando el amor primero nos fulmina, no hay nada como él: ¿o lo hay? ¿de acuerdo?” (A sense of an ending)
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Ayotzinapa. Dándole vueltas al desasosiego llega, como por casualidad, la voz de Charly García:
Los amigos del barrio pueden desaparecer
Los cantores de radio pueden desaparecer
Los que están en los diarios pueden desaparecer
La persona que amas puede desaparecer.
Los que están en el aire pueden desaparecer en el aire
Los que están en la calle pueden desaparecer en la calle.
Los amigos del barrio pueden desaparecer,
Pero los dinosaurios van a desaparecer.
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La caída. Así se llama uno de los no tan conocidos libros de Albert Camus. La caída: una de las iniciaciones fundamentales de los hombres, una conciencia definitiva de los inminentes agravios de la gravedad. Grave trance que grava los pasos de todos. Pero, en medio del pánico, un fulgor de lucidez hace del trayecto vertical una lección imborrable, una oscura iluminación. Siempre el suelo protector, siempre el planeta que cuidadosamente mide sus poderes en cada desplome. Desde la bicicleta, un agujero en el pavimento es suficiente para el episodio. Ciclista y niño ruedan en la calle. Susto, sorpresa, llanto del muchachito pronto consolado y repuesto, gente amable que se apresta a ayudar, a inquirir sobre los daños: al final, rodar tranquilos de regreso. Nada, la vida que pasa.

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