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Martes, 22 de Enero 2019

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Diario de un espectador

Por: Juan Palomar

Diario de un espectador

Diario de un espectador

Tipontate: una palabra dice más que mil imágenes.


Hay una vieja planta, una especie de nopal cuyas hojas bífidas, cuya estructura sabia y rarísima, la convierten en objeto de contemplación, casi de veneración en el jardín ya provecto. Un macizo de lenguas de vaca le rinde homenaje, una palma cercana respeta su porción de sol. Habita desde hace decenios, y a veces florea, mientras mira con sus ojos imposibles el azul iridiscente de la laguna, el jardín que a diario es nuevo. Un guayabo ancestral, algo más lejos, vive sus últimas temporadas y alguna fruta ofrecerá todavía mientras declina. La casuarina ya hace años que fue derribada por el temporal. El árbol, más sabio, cambió entonces de estrategia. De su mástil abatido, rasante y horizontal, emitió una serie de enérgicos renuevos verticales que ahora forman un follaje tupido y gozoso. Y pervive. Unos cuartos nuevos, al fondo de la huerta, se acostumbran despacio a sus luces recién estrenadas. Noticias, quizá urgentes: fundamentales, en todo caso.

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El arrayán y el alacrán. Riman sus nombres, más no sus destinos, menos sus designios. Uno ofrece una sombra leve, una estampa delicada sostenida por un tronco que sabe encontrar increíbles vetas, una piel suave y cambiante. El otro es un implacable rencor  reconcentrado, una cifra de la fatalidad y el pánico, un apretado jeroglífico inescrutable y artero. Conviven ahora, apacibles: al final, tal vez, no sean tan distintos sus dones.

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Arquitecto en la azotea. Sabe que estos cuantos muros le sobrevivirán. Está por lo pronto sentado sobre una austera silla que también, al día de hoy, dura. Ya no puede caminar, y fue Tomás, su enfermero, quien lo cargó con su cuidado habitual para llevarlo hasta donde ahora está. Se cubre con una boina, viste un saco oscuro y sobre las piernas una cobija negra llega hasta el suelo. Se diría un viejo monje, en el retiro, aguardando con paciencia al último latido. Su expresión es estoica, tranquila; es la de quien espera otra vida, más alta y luminosa. Sólo los ojos penetrantes y despiertos revelan un espíritu que no se ha doblado, dan cuenta de una mirada que tiene un lugar de privilegio entre las más lúcidas y certeras del siglo. Debe correr el año de 1987, y pocos meses faltan para que la última luz alegre su partida de este mundo. Ha pedido que Tomás lo sitúe frente a una perspectiva que evita cualquier retórica espacial, cualquier genial artificio de los que hacen a esta azotea uno de los íconos absolutos del imaginario arquitectónico contemporáneo. Sólo dos muros blancos que se encuentran, el cielo, la punta de un ciprés al que algunas veces mandaba podar para dejar, únicamente, la amplitud del firmamento. Cada tres minutos un avión gira sobre la torre del agua: trayectos, desplazamientos y afanes ahora absolutamente ajenos. El arquitecto bebe el día, espera.

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Adiós al circo Atayde. Sin los amables animales que fueron por décadas los compañeros de esta bravía tropa, el circo se sabe perdido, esta vida de errancia y aplausos, de riesgos y azares, está condenada. Ahora los tigres de oro, los elefantes despaciosos, las cebras familiares y asombrosas, los changos inquietantes como espejos deformados e inocentes de los humanos, deberán encontrar otra morada, o quizás la temprana muerte que termine su forzada inutilidad, su costoso retiro. Una última función se aproxima, en algún pueblo remoto, en ése en el que los niños se volvieron gente grande a la espera de la próxima función de los trashumantes. Nunca conocerían otros tigres: alejados de zoológicos y sabanas y selvas, nomás se acercaron al hondo misterio de estas bestias prodigiosas mientras los contemplaban desde la sillería saltar por un aro, o cuando –curiosos y precavidos- los miraban antes del espectáculo tras las rejas de sus jaulas impecables. ¿Alguien devolverá ahora a sus medios naturales, tras la farisea promulgación de leyes y reglamentos que intentan –para beneficio de los biempensantes- “proteger” a  toda esta fauna, para ser así devorada o maltratada por la implacable ley de la selva que ya no conocen? ¿O habrá, por disposición pública, un asilo animal en donde, igualmente enjaulados, los eximios protagonistas circenses extrañarán hasta su muerte miserable las ovaciones del público, la impagable moneda de los sueños y los saludos infantiles?

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Jaguar en la azotea. La fotografía es excepcional. El felino de la piel incomparable, en toda su majestad, se pasea por los techos de un barrio de la periferia. Escaparía sin duda de algún cercano y dudoso zoológico privado de los que tanto parecen gustarles a ciertos personajes. Avistado el animal, el vecindario contrae un antiguo pánico. Una distinta ley, una presencia remota y soberana, merodea por el barrio empavorecido. Alguien quizá tendría la lucidez secreta como para reconocer en la fulgurante aparición del animal magnífico la presencia del milagro.

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El juego de los encendedores. Es frecuente, en fiestas y reuniones, al fragor de las copas y de la general confusión, que los imprescindibles encendedores cambien, más o menos misteriosamente, de manos. Al final del mitote, en su camino a su casa, no pocos descubren que el adminículo ha desaparecido, o que ahora tiene otro, u otros dos. Es una humilde forma como el fuego se transmite, se intercambia y continúa su antigua peregrinación entre los hombres. Es la sencilla rememoración de que todos los fuegos son el fuego, de que algo esencial e indescifrable nos une a todos.

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Una canción intemporal de Simon & Garfunkel: America. Poco significa que haya sido editada en 1969, por ejemplo. Es de hoy, y seguramente mañana seguirá haciendo funcionar la química eficaz y conmovedora que mezcla su música esplendorosa con las impares voces de los músicos al cantar la letra magistral. Trata de una joven pareja que decide salir a ver el país, a correr mundo. /Let us be lovers and marry our fortunes together…/  Pueden ser los Estados  Unidos, también es cualquier lugar. En breves minutos que parece que se alargan como un viaje, como una melancólica road movie, los amantes comienzan con ingenua alegría su jornada, gozan de su instantánea libertad, bromean; gradualmente la fatiga y la incertidumbre se apodera de los noveles exploradores, hasta que el muchacho se anima a decirle a su pareja, a pesar de que sabe que está dormida, que se han perdido./ I’m empty and aching and I don’t know why/ Counting the cars on the New Jersey turnpike…//A este final tristísimo, contribuyen los últimos coros, irónicos y grandiosos: /They’ve all come to look for America/ All come to look for America.// Dos líneas. En ellas se resume el destino universal, el intento de Ulises, la tentativa de todos los que –con diversas fortunas- dejan atrás la gris cotidianidad, la estrechez de sus vidas, en pos de horizontes más amplios, en búsqueda de la clave de esta tierra, de ellos mismos.

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