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Viernes, 24 de Noviembre 2017

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Detener la migración

Detener la migración

Detener la migración

El ser humano nació migrante y lo fue por miles de años, desde los remotos tiempos en que las fronteras se llevaban a cuestas, hasta que la invención de la agricultura fincó los límites en torno a las tierras cultivadas. Agricultura, artesanía, excedentes y por ende comercio fortalecieron familias, tribus y clanes haciendo surgir estados primigenios que asegurasen los bienes y las vidas, las rutas de la vendimia y la tentación de la conquista, afán concomitante a la privatización de la tierra.

Pero también desde el principio hubo otra migración, la de los hombres aventureros y osados, inquietos ante los horizontes desconocidos y decididos a franquearlos con el anhelo de conocer cielos nuevos y tierras nuevas, otras gentes y otras culturas, no necesariamente intereses de sobrevivencia o de progreso.

Los mexicanos han migrado a Estados Unidos desde el siglo XIX por diversas causas: huyendo con las arcas de la nación, buscando protección y pagando por ella, para vender o comprar mercancía, o por el simple gusto de conocer “el otro lado”. Muy posteriormente lo han hecho en busca de las legítimas oportunidades de progresar que en su propio país no han encontrado, fenómeno especialmente acentuado a lo largo del siglo XX, a veces a conveniencia de Estados Unidos, como fue durante las guerras mundiales, a veces a conveniencia de México. Eventualmente irse para allá se convirtió en una especie de cultura rural, hubiese o no hubiese necesidad económica para hacerlo, porque se tenían parientes “pochos”, hoy llamados “chicanos”, o por el gusto de irse e irse justo allá.

Conforme el “milagro mexicano” comenzó a debilitarse, el sueño americano se fue fortaleciendo cada vez más, particularmente en la segunda mitad del siglo XX, cuando las condiciones económicas del país fueron mostrando lo difícil que era, aun trabajando en serio, poder progresar realmente. Cientos de miles de mexicanos huyeron prácticamente de un futuro miserable, huyeron de un país dónde solamente la casta política de primer nivel se hacía millonaria cada tres o seis años. ¿Y qué llevaban al extranjero? Solamente sus ilusiones, sus ganas de trabajar, porque a veces, no llevaban de esta nación ni siquiera un adecuado bagaje educativo que les permitiera aprovechar las oportunidades que un país desarrollado podía brindarles, de ahí que muchos, luego de años de vivir allá no habían todavía aprendido el idioma, o acabaran dilapidando el fruto de su esfuerzo. Otros, mucho mejor dotados, lograran un verdadero desarrollo en todos los ámbitos; de cualquier modo, todos han contribuido lo mismo al progreso de Estados Unidos, que desde luego, y sobre todo, a la sobrevivencia digna de sus familiares que se quedaron en México esperanzados en las remesas.

Al gobierno mexicano la solución “braseros” le vino muy bien, los liberaba de tensiones sociales, de fuerzas y movimientos que pudieran orillarlos y enfrentarlos con su falta de capacidad y responsabilidad para ofrecer en este país las oportunidades que debía la gente buscar en otro. Fueron muchos años de atenerse a esa fórmula y hasta de sacar provecho de ella, pero nada que efectivamente hicieran para mejorar nuestras condiciones, por eso ahora están aterrados, porque nos están alejando de la “gallina de los huevos de oro”, y tal vez por acá no siga habiendo más que “guajolotes”.

 

armando.gon@univa.mx

 

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