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Domingo, 20 de Octubre 2019
Ideas |

Destruir la memoria

Por: Diego Petersen

Destruir la memoria

Destruir la memoria

Siempre he sido enemigo de cambiarle el nombre a las calles; es una de las formas más perversas del ejercicio de poder, pues nos imponen a todos el criterio del gobernante. Pero más allá de eso, la razón de peso es histórica: cada que se le cambia el nombre a una calle se pierde un pedazo de memoria.  Guadalajara ha perdido mucha de su identidad en estas faenas políticas en las que el que llega quiere dejar huella, o peor, pagar favores propios con sombrero ajeno. Los nombres de las calles tenemos que verlos como un patrimonio, como un rastro de historia de la ciudad. Justamente por no entender lo que valen los nombres perdimos referencias urbanas, datos históricos que harían más comprensible la ciudad. Si Chapultepec se llamaba Lafayette era justamente porque ésa era la colonia Francesa; si Guadalupe Zuno se llamaba Bosque, es porque ahí comenzaba el Bosque de Santa Eduviges. Si Enrique Díaz de León se llamaba Tolsa, era justamente porque ésos eran los terrenos de la Familia Tolsa (nada tiene que ver, por cierto, con el arquitecto Manuel Tolsá que construyó el Hospicio Cabañas). La Calle 16 de Septiembre era San Francisco, por el templo del mismo nombre. A Laureles en Zapopan, le cambiaron el nombre por Juan Pablo II, aunque nadie le diga así. Como estos, hay cientos de ejemplos en la ciudad que ha ido perdiendo sus referencias por calenturas políticas del momento. Ahora, el Ayuntamiento de Guadalajara pretende cambiarle el nombre a un segmento de la calle Esteban Alatorre para ponerle el nombre del líder de la Iglesia de La Luz del Mundo, Samuel Joaquín Flores. La afectación es sólo dentro de la colonia Hermosa Provincia y no es sino una forma de marcar el territorio de los seguidores de esa iglesia. Las calles de alrededor tienen todos nombres bíblicos, porque cuando los aaronitas fundaron esa colonia quisieron que las calles recordaran pasajes del Antiguo Testamento. No es, pues, que Esteban Alatorre tenga más o menos méritos que Samuel Joaquín; eso es totalmente subjetivo. El abogado Alatorre, según narra Ramiro Villaseñor en su libro “Las calles de Guadalajara” fue un persona correcta, solterón, que nunca tuvo un cargo público, pero que seguramente era bien estimado en la sociedad tapatía del siglo XIX. Ese no es el punto. Los temas de fondo tienen que ver con la pérdida de memoria y con ponerle nombre a una calle en vida de la persona. Para decirlo suave, digamos que toda persona, por el hecho de estar viva, tiene el derecho inalienable a seguirla regando. O, dicho de otra manera, uno no la acaba de regar hasta que se muere y sólo entonces podemos pasar a la báscula. Es claro que el Ayuntamiento tapatío quiere congraciarse políticamente con esa comunidad al autorizar el cambio de nombre. Pero lo más grave es que está abriendo una puerta que después será muy difícil cerrar. ¿Quién será el siguiente que quiera calle? Apúntense. Hay que quitarles ya a los ayuntamientos esa absurda atribución de destruir memoria.

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