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Lunes, 14 de Octubre 2019
Ideas |

Desaparecidos

Por: Diego Petersen

Desaparecidos

Desaparecidos

Hay algo peor que contar muertos, y eso es contar desaparecidos. El desaparecido es aquel que ni siquiera tiene el privilegio del cadáver, de las exequias, del registro civil. El desaparecido no tiene derecho al acta de defunción, a las lágrimas comunes, al recuerdo colectivo, a ser despedido. Al desaparecido se le llora con desesperación porque la esperanza se niega a morir; no se reza por el descanso de su alma sino por el dolor de su cuerpo. Al desaparecido nadie le garantiza su vida; tampoco su muerte.

Las fosas comunes encontradas en Guerrero no eran de los estudiantes de Ayotzinapa, lo cual prolonga la esperanza y la agonía de los familiares de los jóvenes secuestrados por la policía y entregados a la mafia, y al mismo tiempo abre nuevas heridas. La muerte de los encontrados en esas fosas comunes, desollados y sin ojos, son también historias, no conocidas ni contadas, de ciudadanos, hombres y mujeres, que tuvieron la desgracia de cruzarse en su camino con un mafia cruel y un Estado inútil. Los desaparecidos son las víctimas dobles de esta batalla de las mafias por control territorial y de la ineficacia del Estado para cumplir con la primera de sus obligaciones: la seguridad.

Nadie sabe a ciencia cierta cuántos desaparecidos hay en el país. El conteo oscila entre 20 y 30 mil, pero son cifras que siempre van atrás de la realidad, que contabilizan denuncias, no personas. Nadie reporta a un desaparecido que ha sido encontrado con vida, es cierto, pero muchos ni siquiera han ingresado al sistema burocrático, a ese laberinto donde los muertos son números y los desaparecidos son denuncias que nadie busca ni buscará.

La táctica de desaparición y tortura del otro, de los enemigos de las mafias (a veces simplemente porque se cruzaron en el camino) es terrorismo, pues no busca otra cosa que generar terror y enviar mensajes a las comunidades de quién manda dónde. El terrorismo de las mafias no es una novedad mexicana, ha pasado en otros lados del mundo (Palermo es un ejemplo clarísimo), pero mientras no lo reconozcamos como tal difícilmente vamos a resolverlo.

La única forma de combatir las mafias territoriales y su lógica terrorista es con un Estado que sea más fuete que ellas. Hay que construir instituciones de justicia que estén por encima de la mafia y hay que reconocer que es imposible que los municipios, en el diseño institucional que tienen, puedan librar esa batalla. No es un asunto de autonomías, sino de capacidades institucionales. Llevamos años debatiendo si deben o no desaparecer las policías municipales y crear fuerzas únicas en cada Estado capaces de hacer frente a los ejércitos de las mafias. Es hora de tomar decisiones.
 

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