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Viernes, 24 de Noviembre 2017

Ideas

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Desaires

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Existe una idea arraigada cuando se refiere uno a la apreciación (en ciertos círculos literarios, al menos) de la obra de Juan Rulfo, cuyo centenario se ha conmemorado por estos días, que es la del desaire. Y hay una serie de historias detrás de ella. Rulfo, nos dice su entorno, se sintió desairado, en vida, por un medio literario como el mexicano, que le reconoció méritos, sí, pero no los suficientes si consideramos la trascendencia que su obra alcanzó a partir de su publicación, en los años cincuenta del siglo pasado, que llegó a una primera cumbre durante el apogeo del “Boom” latinoamericano, en los sesenta y setenta, y que, al contrario de lo que ha sucedido con las de algunos de sus contemporáneos, no sólo no ha menguado, sino que, con el tiempo, aumenta y aumenta (la lista de los admiradores de su “Pedro Páramo” tiene nombres como los de Borges, García Márquez, Susan Sontag, Günter Grass, que, francamente, no cualquiera convocaba en su elogio).  

Algunos biógrafos han afirmado que Rulfo le tenía manía al poeta Octavio Paz, en quien, según esas versiones, cifraba su irritación por haber sido “ninguneado”. Para remarcarlo, apuntan que la revista Vuelta, que Paz fundó y animó durante varios lustros, no le dedicó al jalisciense más que unas líneas luego de que falleció, el 7 de enero de 1986. Es verdad que el adiós al narrador fue, cuando menos, sucinto. Al consultar el número de Vuelta de marzo de 1986 (la tardanza en reaccionar, que algunos han criticado, era explicable en aquellos tiempos sin internet) se topa uno con un cariñoso texto de Alberto Ruy Sánchez (el único que funciona, propiamente, como necrológica), otro del chileno Jorge Edwards (un breve ensayo en que se mencionan a Faulkner y a María Luisa Bombal como antecedentes y, quizá, influencias principales de “Pedro Páramo”, lo cual no resultaba demasiado novedoso) y un par de poemas, firmados por Gonzalo Rojas (un homenaje) y Jaime G. Velázquez (este último, tomado de un poemario del año 76). No está mal, pero si consideramos, de nuevo, la trascendencia de la obra de Rulfo, sabe a poco.  

¿Otras pruebas del pleito, más allá de los dichos y testimonios, es decir, pruebas escritas? Paz no dijo demasiado sobre Rulfo (si lo comparamos, de nuevo y por ejemplo, con lo mucho que dijo sobre Fuentes, quien durante decenios fue su amigo íntimo) pero lo que llegó a decir fue admirativo y hasta respetuoso. Rulfo, por su lado, se comportó siempre con una suerte de majestuoso laconismo y rara vez hizo afirmaciones al respecto. En una vieja entrevista que acaba de publicar, luego de tres decenios, Martín Caparrós, Rulfo dice que Paz “dirige una mafia” y sólo habla bien de sus amigos, pero acto seguido Caparrós le pregunta si lo considera su enemigo y Rulfo lo niega: “No, soy amigo”. 

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