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Viernes, 24 de Noviembre 2017

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¿De qué manera amas los autos?

¿De qué manera amas los autos?

¿De qué manera amas los autos?

Desde niño los autos son mi fascinación. Siempre anduve en las calles mirándolos a ellos antes que a los edificios o los paisajes. Pero fue hasta que llegué a México, ya cerca de mi tercera década de vida, que comencé a trabajar con ellos, iniciando una convivencia estrecha que se transformó en mi forma de vida. En esto, he conocido a muchos amantes de los automóviles y entre nosotros, todos tienen una forma propia de amar a los autos. Eso cuando los aman, porque también hay los que están en esto por el glamour, los viajes u otros motivos. En mi caso, mi forma de quererlos es casi paternal, mientras que otros se enamoran por lo que un auto es capaz de hacer, más que por el objeto en sí.

En general los que disfrutan la potencia son del tipo que buscan una inyección de adrenalina y lo consiguen con la aceleración, la velocidad máxima, la capacidad de enfrentar las curvas. Casi invariablemente son fanáticos de las carreras, de los que saben perfectamente qué piloto está en qué equipo o cuál es el más reciente cambio de reglamento en su categoría favorita, incluso en todas.

Puedo entender ese tipo de amor. Finalmente las marcas nos han vendido desde siempre el poder y el desempeño de sus productos. Pero con frecuencia es una forma de adoración que pasa por el maltrato, por extraer lo máximo de su objeto de deseo. Y hay autos que encajan perfectamente dentro de este perfil, como un Civic Si de la generación anterior, que para dar lo mejor de sí era necesario que lo trataras como si lo odiaras, llevando su motor a cerca de 9 mil revoluciones, por ejemplo. Ese maltrato no me gusta.

 

Historia y adoración

Hay también, por supuesto, el amor por lo que puede representar un auto. Porque a lo largo de la vida de casi todos los que vivimos en este momento en la Tierra, algún vehículo fue representativo por ser el auto en que aprendimos a conducir; porque era el que tuvo nuestro padre o abuelo; el que ganó una carrera importante o el primero en tener determinada tecnología.

Sentado en el asiento de avión mientras escribo esto, un colega tapatío y amigo de hace muchos años, Héctor Ocampo, me recuerda que muchos incluso transfieren para el auto algunas de sus carencias. Como dirían los psicólogos, el que busca una enorme camioneta bien pudiera tener algún complejo de inferioridad que compensar.

La herencia de las marcas es también de mucha importancia para otros. El abolengo de carreras de Alfa Romeo, por ejemplo, hasta hoy genera suspiros en varios y aunque a mi también los produzca, en mi caso es fruto del atrevimiento estético que siempre ha demostrado a lo largo de su historia.

Mi tipo de amor por los autos es casi platónico. Los adoro hasta hoy con la mirada del niño que se impresionó con el primer Studebaker Champion 1950 que vio en su vida; que soñaba con algún día con pasear en un Chevrolet Impala convertible de 1959 o se enamoró para siempre del Citroën DS. Ese mismo niño ya había pasado su quinta década de vida cuando le escurrió una discreta lágrima al realizar el que parecía el más imposible de sus sueños: conducir un Rolls-Royce.

Para mí, un auto es algo muy cercano a una obra arte. Y esto es algo que, como ustedes saben, debe ser inútil para ser considerado artístico. Me gusta ver a un auto luciendo su mejor gala, hermoso, imponente, impecable, brillante. A diferencia del arte, sin embargo, para mí debe funcionar bien y todo en el él debe también ejercer correctamente la función para la cual fue diseñado, así sea un simple foco en la guantera, el sistema de aire acondicionado o el estado de la tapicería.

Por supuesto que disfruto acelerar a fondo un Ferrari 488 GTB; escuchar el rugido poderoso de un Challenger Hellcat por las mañanas o someter a una verdadera tortura a los neumáticos de un EVO X en una carretera sinuosa. Pero mi tipo de amor por los autos es mucho del que disfruta mirarlo, tocarlo, conducirlo despacio y, haciendo lo que recomendaba el cantautor estadounidense James Taylor que hiciéramos con todos los que amamos: bañarlos; lenta y cuidadosamente, hasta que nada le quite lo inmaculado que debe ser.

¿Ustedes, de qué forma aman a los automóviles?

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