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Viernes, 24 de Noviembre 2017

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De lo desastroso y nocivo, a lo atrayente

Por Xavier Toscano G. de Quevedo

¡Qué fecha tan importante la de ayer, 15 de agosto! ¿Y por qué? ¡Vaya hombre, qué fue la celebración de la festividad religiosa de La Asunción de La Santísima Virgen María! Así es, jornada de mucho movimiento en la península Ibérica, y que en el pueblo español se vive y venera con grande devoción en todos los rincones de su geografía, y cómo no, si es el alegórico día de “La Virgen de la Paloma”.

“Quien no torea el día de la Virgen, ya no toreara el resto de la temporada”. Es esta máxima una de las sentencias más recurrentes en el mundillo taurino español, ya que prácticamente por toda España se programan festejos taurinos para tan emblemática festividad, y todos los toreros, sea figuras o los demás, buscan su acomodo en algún cartel, sin importar el alto rango o lo modesto de la plaza y los alternantes.

Pero no obstante lo significativo de la fecha de ayer, giraré únicamente dos días en retroceso al calendario, para irnos hasta la hermosa ciudad de Donostia —denominación en el lenguaje euskera— conocida mundialmente como “San Sebastián”. Esta villa —narran sus cronistas— se fundó en el año de 1180 por el rey navarro Sancho “El Sabio”, estando muy cercana a un monasterio que se había consagrado a San Sebastián, que era un joven romano nacido hacia el año 256 en la ciudad de Narbona y que pertenecía a las filas de las Legiones Romanas.

Iniciado por su familia en la religión Cristiana, se caracterizó desde temprana edad por ser un grande catequizador de su fe, situación que lo llevó al martirio por orden del emperador Maximiano, falleciendo finalmente en el año 288. ¡Qué similitud con San Fermín (igualmente romano) y patrono de los pamploneses —año 272 al 303— que contaba con 16 años de edad cuando su compañero San Sebastián, de 32 años, era martirizado en Roma! Hoy estos dos santos son protectores de ciudades españolas, Pamplona y San Sebastián, respectivamente.

Ya transcurridos 1729 años, vayamos por tanto a recordar lo sucedido en la plaza de toros de “Illumbe” durante su tradicional feria de San Sebastián 2017, en la que fuimos testigos oculares de dos acontecimientos diametralmente opuestos: el primero —sábado 12— desastroso y nocivo, y un día después —domingo 13— lo atrayente, es decir, de lo que se nutre la Fiesta de los Toros y sus aficionados.

Tenemos un aforismo en nuestra fiesta, que refiere cuando alguna corrida ha sido mala, aburrida o intrascendente y dice así: “nada bueno que llevar a casa”. Pero lo que aconteció el anterior sábado —que dicho sea, es una imagen infausta, reiterativa y constante— nos da pauta y autorización a los aficionados del planeta de los toros para decir con energía ¡“YA BASTA”! Vaya “encierrito” de Zalduendo, siete reses “mansurronas, descastadas e intolerables” con el que se estrellaron, Morante, Ginés Marín y Andrés Roca Rey. Con animales así, la fiesta se hunde hasta el fondo del lodazal más renegrido, y los aficionados y el público lamentablemente pierden el interés por el espectáculo.

¿Habrá sido esta adversa situación, la causa por la cual el domingo 13 el coso de Illumbe mostrara tan raquítica asistencia? —apenas si un cuarto de entrada— ¡Y qué interesante corrida! Esas que a los aficionados les gratifica ampliamente presenciar. Un aplauso al ganadero de El Parralejo, que ha mandado al ruedo de Donostia seis ejemplares de lo que debe ser siempre “un toro de lidia”, y que fueron debidamente aprovechados por los jóvenes aguascalentenses Joselito y Luis David Adame, quienes agradaron y convencieron ampliamente al público de San Sebastián y a quienes pudimos disfrutarlos.

En resumen: en el festejo inaugural de la Feria de Donostia, las reses del hierro de Zalduendo nos han mostrado una vez más, tanto a los aficionados donostiarras como a todos los demás en el planeta de los toros, una clara constancia de esa “nefasta pandemia cancerígena” que viene demoliendo a pasos agigantados a nuestra fiesta, la nociva enfermedad denominada “mansedumbre”.

El cansancio y la desesperación de los aficionados está de manifiesto en cada tarde, y no obstante lo atrayente y favorable del segundo festejo, el público renunció a estar en la plaza. ¡Qué problemón! Vaya mal que nos aqueja, es evidente, ya que continúan transitando en nuestra hermosa fiesta quienes por su obstinada soberbia y altareros desplantes, se niegan a aceptar que el Eje Central y Único de éste milagroso Espectáculo, es y siempre será: Su Majestad El Toro Bravo.

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