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Martes, 16 de Enero 2018
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Cuarenta años sin Carlos Pellicer

Cuarenta años sin Carlos Pellicer

Cuarenta años sin Carlos Pellicer

El 16 de febrero de 1977 murió Carlos Pellicer, un poeta tan, tan significativo que su brillo es inconfundible incluso entre los muchos grandes escritores de su generación y su época. Mientras sus coetáneos exploraban las lobregueces y los laberintos de la conciencia humana, su país y su siglo, Pellicer, aunque nunca fue ajeno a lo que le rodeaba y estuvo presente en la historia de su tiempo, escribía con regocijo y diversión  sobre todo lo que le rodeaba. Las causas de su asombro y su deslumbramiento casi infantil son a veces las  ciudades y la gente, pero sobre todo los elementos del paisaje: las palmeras, las flores, las nubes que cruzan el cielo, y siempre el mar y los ríos caudalosos de su tierra natal.

Hay algunos poetas de la luz, y muy alto entre ellos es Carlos Pellicer. Como al griego Elytis, no mucho más joven que él, la creación entera le parecía digna y justa: “aquí no suceden cosas / de mayor trascendencia que las rosas”. Así como para Isaías “los montes y los collados levantarán canción delante de vosotros, y todos los árboles del campo os aplaudirán con las manos”, para el tabasqueño “estar árbol a veces, es quedarse mirando / (sin dejar de crecer) el agua humanidad / y llenarse de pájaros para poder, cantando, / reflejar en las ondas quietud y soledad”.

Esa afinidad luminosa lo acercó siempre a la pintura (“hay azules que se caen de morados...”) y muy especialmente a los maestros de la luz. Como señala Álvaro Ruiz Abreu, lo que Pellicer escribió de Sorolla también se aplica a él: “está loco de luz. Y eso es incurable, felizmente”.

Un par de meses tras la muerte del poeta, Gabriel Zaid escribió en Vuelta un artículo (“Pellicer, un desastre editorial”) en que lamentaba que alguien de tal categoría, tan conocido y respetado, hubiese padecido una infame difusión, con tirajes mínimos y nulo rigor en las ediciones. Tamaña injusticia ha venido siendo reparada a lo largo de las décadas siguientes, en que también han aparecido estudios importantes sobre su figura y su obra (Luis Mario Schneider, Guillermo Sheridan, Álvaro Ruiz Abreu...), en buena parte gracias al atinado albaceazgo de su sobrino Carlos Pellicer López.

 

La mañana sacó a pasear todos sus árboles.

Les dije: “Yo también estoy aquí”.

...

De las plumas de un pájaro cayó una piedra preciosa.

De modo distinto, en cada flor intervino la luz.

...

Esa mañana duró toda la vida.

La tierra era muy negra y el cielo muy azul.

    

“Estoy todo lo iguana que se puede” (fragmentos), Reincidencias, 1978.

 

Al poco tiempo de la muerte del poeta, Gabriel Zaid escribió un artículo que titulado “Pellicer: un desastre editorial’’ en el que se quejaba de la limitación de los tirajes de los libros de Pellicer: ninguno tuvo más de mil ejemplares, ya que el propio poeta afirmaba que sólo escribía para él y unos cuantos amigos.

 

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