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Jueves, 23 de Noviembre 2017

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Con años de más

A escasas 24 horas después de haberlos acabalado, comenzaron a pesarme y a pasarme una factura que me he visto obligada a saldar a la brevedad, echando mano de cuanto digestivo y antiácido tengo a mi alcance.

Apenas ayer los cumplí y hoy amanecí asumiendo que ya no estoy para trotes y excesos varios, y que la palabra celebrar no es sinónimo de dar rienda suelta a los apetitos, ni pasarse el día comiendo a mandíbula batiente, tal como lo hice a instancias de quienes bien me conocen y saben que para sentirme agasajada no hay como franquearme el acceso a las delicias gastronómicas que me complacen. Y como éstas son tantas, tan variadas y tan accesibles en precios y ubicación, quienes quieren verme feliz en mi día, ni siquiera consumen media neurona en pensar qué sería bueno obsequiarme o cuál la mejor manera de quedar bien y mostrarme sus afectos.

Sin rubor confieso que hilvané mi itinerario perfecto, y que desde la noche previa al homenaje que si los míos no me rinden me lo procuro yo solita, comencé a salivar frente a la perspectiva de comenzar el día frente a un rebosante plato de menudo que, con los actos de presencia activa que nos ha venido dispensando Tláloc, ni recomendación especial necesita. De modo que después de un sueño poblado de trozos de librito, ranilla, manzana, pata, cebolla, harto limón y tortillas recién hechas, casi al despuntar el alba salté de la cama con inusitada diligencia, me di un regaderazo exprés y acudí a encontrarme con mis hermanas a quienes había quedado de ver en uno de los expendios de mis preferencias, que también son varios, dependiendo del rumbo por donde ande.

Tres horas después, ya me estaban esperando las sobrinas en una cafetería de postín, para rendir el tributo que sin duda merece la más glotona de sus tías, frente a una barra de postres que haría salir huyendo a cualquier diabética. Y ni modo que ni siquiera el día de mi cumpleaños pudiera olvidar que yo soy una de ésas, y que renunciara a la jericalla, un pedacito de pastel de tres leches y otro de pay de queso, acompañados con un capuchino elaborado con leche light y artificialmente edulcorado.

Aunque, si debo ser sincera, no traía mucho apetito, a la hora de la comida no me pude sustraer a la delicia que supone adjudicarse un delicioso bife de lomo, cocinado a término medio, antecedido por unos champiñones al ajillo, un trocito de chistorra y dos empanaditas argentinas que estaban de rechupete. Pero aún sorprendida de la capacidad y nobleza de mi agradecida humanidad, al postre ya no le entré porque se me figuró que ya me estaba propasando.

Empero, al cabo de unas horas, cuando al anochecer cayeron los amigos a visitarme en casa, no tuve corazón para desairar las botanas que, atendiendo a mis debilidades en ese rubro, se molestaron en preparar. Así que con renovado entusiasmo gustativo, por mi boca siguieron desfilando los camarones secos ahogados en limón, los rollitos de jamón con queso crema y nuez, las aceitunas rellenas, las papitas cambray al ajillo, los ostiones ahumados y una que otra galletita salada con un delicioso paté de marlín que elabora mi comadre. La penitencia de hoy no corresponde, definitivamente, a los pantagruélicos excesos que me acomodé, sino a la temeridad de haber cumplido 65 años. Y para eso, no hay medicamento que amaine los efectos ni revierta las consecuencias. Chin.

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