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Miércoles, 16 de Enero 2019

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Chapala: un legado por recuperar

Por: Juan Palomar

Chapala: un legado por recuperar

Chapala: un legado por recuperar

El pueblo de Chapala es un caso muy particular entre las poblaciones originarias que bordean la laguna de Chapala, y aún entre todas las poblaciones de Jalisco. Fue un tranquilo asentamiento indígena desde su consolidación por la orden de los franciscanos a partir del siglo XVI. A partir de los principios del siglo XX fue descubierto como lugar de descanso y veraneo por parte de la gente de Guadalajara y aún de México. Es conocida la aventura, hacia 1920, del noruego Christian Schejtan para implantar la comunicación ferroviaria entre Guadalajara y Chapala, así como el establecimiento de una red de transporte lacustre a otras poblaciones ribereñas.

La lista de pobladores ilustres del pueblo, tanto de nacionales como extranjeros, es larga. Basta mencionar al importante poeta norteamericano Witter Bynner (1881-1968), una de las figuras descollantes de la literatura de Estados Unidos durante la primera mitad del pasado siglo, y miembro de círculos culturales a los que pertenecieron desde Mark Twain hasta Georgia O’Keefe o Thornton Wilder. Bynner mantuvo una casa chapalteca, en la que habitaba por temporadas, por lo menos desde 1923 hasta 1945. Fue allí que su huésped D.H. Lawrence –literato de fama mundial- escribió y situó, hacia 1924 su célebre novela, La serpiente emplumada. Mucho más tarde, en 1945, Tennesse Williams redactó en Chapala (en Hidalgo 441) la primera versión de su muy conocida y notable obra Un tranvía llamado deseo.

Por otro lado, Chapala se convirtió en lugar de veraneo en el que se construyeron villas de descanso que constituyen –las que quedan- un muy valioso legado arquitectónico. Los arquitectos que allí dejaron muestras de su talento y oficio van desde Angelo Corsi, Guillermo de Alba, Ambrosio Ulloa, Luis Barragán, Pedro Castellanos, Ignacio Díaz Morales y varios otros. Lo anterior volvió a Chapala una población de gran interés arquitectónico –a nivel nacional, y aún internacional-, lo que aunado a sus bellezas naturales y a sus valores edilicios tradicionales pudo haberse constituido como un sitio único en México.

Desgraciadamente varias circunstancias opacaron esa posibilidad. Por un lado la desaparición o la desfiguración de varias fincas importantes. Dos ejemplos: la demolición en los sesenta de la Villa Montecarlo, obra de Angelo Corsi, y la increíble destrucción, hace unos pocos años, de la famosa Casa Verde de Ambrosio Ulloa, situada a espaldas del Mercado Municipal. Otro factor fue la apertura, muy al estilo de la época, ordenada por el gobernador González Gallo a principios de los cincuenta, de la avenida que da acceso al pueblo y que conllevó toda la demolición de una hilera de manzanas y la radical alteración de la traza urbana. Junto con esto se construyó un parque, que a pesar de sus buenas intenciones acabó con la popular playa de Chacaltita. El maltrato general de la fisonomía urbana ha sido otro factor muy negativo.

Pero hay mucho por recuperar en Chapala, y puede tener un futuro muy promisorio como población de gran interés arquitectónico y turístico, ahora opacado, inclusive, por Ajijic. Una fuerte campaña de mejoramiento integral de la imagen urbana, aunada a su estricta reglamentación, es lo primero. Junto con ello, un riguroso inventario y protección del patrimonio edificado, y una guía disponible para los visitantes interesados (que sin duda son y serán muchos).

Chapala debe regresar a su antiguo esplendor. La falta de recursos (inexplicable por la abundancia de fincas y propiedades sujetas al impuesto predial en el municipio) debe ser paliada con una efectiva recaudación y con apoyos estatales y federales a este tipo de centros turísticos. Pero, definitivamente, sus riquezas naturales y construidas son un inigualable patrimonio que, puesto en valor, asegurará el resurgimiento de un pueblo que puede y debe volver a ser un orgullo jalisciense.

 

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