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Lunes, 11 de Diciembre 2017

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Arte Público y urnas

Arte Público y urnas

Arte Público y urnas

Vivimos en un país en el que los casos de corrupción salpican a tirios y troyanos en el sector oficial (y podemos comenzar el conteo con la llamada “Casa Blanca” del presidente de la república, ni más ni menos) y en un estado que ha padecido de eso mismo durante años (¿Cuánto falta, por ejemplo, para que terminemos de pagar los dinerales que se quemaron en los dichosos Juegos Panamericanos, que no sirvieron básicamente de nada para la ciudad, a menos que consideremos que los problemones que dejaron la megadeuda y tantas instalaciones medio inútiles regadas por ahí son un logro?). Por ello es perfectamente normal que mucha gente se pregunte por qué motivo el gobierno de Guadalajara anuncia que va a gastar más de cuatro millones de pesos en comprar una escultura urbana del artista local José Fors (y digo local porque Fors ha hecho la totalidad de su carrera en Guadalajara y es parte de nuestra comunidad cultural, así haya xenófobos que, por conveniencia o vileza, insistan en señalar ahora su origen cubano como una especie de pecado original, porque “no es de aquí”).

Son varios los que han insistido en señalar que debió hacerse una convocatoria pública para artistas y ahí, justamente, entra el siguiente problema (dejo de lado el tema específico de esta discusión, en la que otros arguyen que los criterios fueron dados a conocer hace meses y que el tema se politizó porque ya vienen las campañas y porque, al haber apoyado al actual alcalde Alfaro cuando era candidato, el convenio con Fors es sospechoso). A lo que voy es al hecho de que es muy complicado considerar trabajos artísticos con los mismos criterios con los que se compran focos. Los artistas no son proveedores, o no lo son del mismo modo que podrían serlo unos vendedores de chapopote. Y no porque los vendedores de chapopote no sean seres humanos tan valiosos como el que más, sino porque el chapopote o los focos pueden y deben ser adquiridos bajo una serie de estándares objetivos y su rendimiento puede y debe ser medido mediante parámetros científicos. Y con el arte no se puede. ¿Quién puede decir el valor de una escultura y establecer con seguridad cuál propuesta (si hablamos de un concurso) es mejor que otra? Seguramente que no el mismo grupo de funcionarios que vigilan las compras. Alguien dirá que ese es trabajo para un comité de expertos y aquí entramos en otro agujero negro, porque no faltará quien diga que esos expertos no son los buenos y que debe haber criterios objetivos para designarlos. Y así, acabaremos discutiendo con qué parámetros elegimos a los expertos que elegirán a los expertos que elegirán la escultura. Tal es el precio de utilizar recursos públicos en una sociedad harta de que se los roben.

Otros podrán decir que el público mismo es el mejor juez, ya que el dinero, el de los impuestos, es suyo. Así que, ¿por qué no poner a votación el proyecto de escultura? Porque, de nuevo, el arte se mueve en otro terreno que el juicio público. ¿Sabe usted cuál fue el monumento más impopular de Francia durante y después de su construcción? La Torre Eiffel, a la postre el símbolo más importante de París, ciudad que la alberga. A la gente de su tiempo le parecía una nave espacial horrorosa. Si hubiera habido votación, nos quedamos sin Torre Eiffel.

La discusión no tiene fin. Yo sigo esperando que venga un experto a convencerme de que la Minerva no es la estatua más fea del Universo. Y a que me pongan la urna en donde pueda votar por su demolición y su sustitución por una chiva gigante.

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