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Sábado, 25 de Noviembre 2017

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Apuntes prácticos de Mérida: lecciones para Guadalajara

Apuntes prácticos de Mérida: lecciones para Guadalajara

Apuntes prácticos de Mérida: lecciones para Guadalajara

Mérida la blanca es toda una lección de sensatez y de belleza. Se sabe muy bien que siglos de relativo aislamiento le dieron a Yucatán una cierta autonomía, y el espacio y el tiempo para construir una cultura absolutamente original y propia, imbuida profundamente en las prodigiosas raíces mayas de la región. Los yucatecos son hondamente ellos mismos.

La capital refleja todo esto, y sus genes primigenios, su ADN, son vigorosos y actuantes. Todo el centro de la ciudad es un testigo de ello: desde la maravillosa catedral, sus iglesias, la casa de Montejo, las casas tradicionales, las construcciones que –con una gran originalidad– se dieron dentro de una modernidad apropiada e idiosincrática hasta los años cuarenta o cincuenta del pasado siglo.

Pero ahora el centro tiene un grave cáncer: el del abandono y la destrucción de grandes casas para hacer… estacionamientos. En una breve caminata se pueden constatar, diseminados, numerosos ejemplos de grandes solares dedicados al triste propósito de albergar, por unas horas, a los coches. Y eran grandes solares porque las casas eran aireadas y espaciosas, como corresponde al clima y las maneras de vivir de los meritenses. Amplios patios, umbrosos corredores, piezas espaciosas, huertas…

Por otro lado, Mérida se ha distinguido por contar con una nueva generación de talentosos arquitectos, exitosos incluso en el nivel nacional. Arquitecturas limpias, ajustadas a la climatología la mayor parte de las veces, bien edificadas. Con más o menos tenues relaciones con su riquísima tradición. Forman esos profesionales un grupo compacto y afín, con liderazgos claros.

Don Eduardo Pacheco, taxista, da una gran lección de arquitectura y urbanismo prácticos durante un trayecto. Lamenta el obsesivo uso del auto particular (que provoca las demoliciones), la necedad de la arquitectura “nueva”, la obtusa inflexibilidad del INAH que provoca más perjuicios que otra cosa, la desertificación del centro, y la falta de aprecio de la gente de posibles, y sus seguidores “aspiracionales”, hacia el patrimonio de la ciudad y su insensibilidad para apropiárselo y aprovecharlo. Don Eduardo es una muestra viviente de esa sólida cultura de la clase media meritense que sabe entender su ciudad, pensarla y vivirla a través de los siglos.

Y es precisamente el punto: ¿por qué esos exitosos arquitectos de posibles, en vez de construirse anodinas villas escondidas en los alrededores de la ciudad no adquieren –solos o en grupos– las grandes mansiones históricas, o las casas populares tradicionales, y las reconvierten en sus casas, en las que vivirían con una calidad de vida muy superior y mucho más responsable que en sus creaciones “novedosas” e inanes? Falta, quizás, que alguno de sus líderes ponga el ejemplo. Hace años lo puso el gran arquitecto don Augusto H. Álvarez, adaptando una casa tradicional de la zona central: nadie pareció entender la lección entonces.

Guardando distancias y proporciones, algo similar ha pasado todos estos años en Guadalajara. Aunque algo se ha avanzado –muy poco todavía– ¿dónde están los artistas, los arquitectos, la gente ilustrada que sepa vivir las buenas casas, reciclarlas y adaptarlas, en las zonas centrales tapatías? ¿En los “cotos”? ¿En los fraccionamientos “catrines”? ¿Neta? Es conocido el fenómeno en muchas ciudades del mundo: París, Barcelona, Londres, Nueva York…: una vez que un grupo de gentes con visión logran hacer brecha son muchos los que les siguen. Y que no se hable de la emborucada “gentrificación”. No existe tal cosa en entornos y arquitecturas de por sí despoblados, abandonados y decadentes. Al revés: hay revitalización. En Mérida y aquí. Ojalá de veras la haya.

jpalomar@informador.com.mx

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