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Domingo, 19 de Noviembre 2017

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Aligerando el equipaje

Aunque la sola idea de llevarlo a cabo me significara un atormentado desprendimiento, tenía qué hacerlo; era un operativo impostergable y me impuse aprovechar el lapso vacacional decembrino para hacerlo, aunque se me frunciera el mero fondo de mi corazón. La disyuntiva era peliaguda, pero sin vuelta de hoja; se trataba de mis suéteres puestos en un orden más solvente o menos intrincado para acceder a ellos durante la gélida temporada, o la conservación de aquella docena de cajas de cartón que avasallaban el de por sí insuficiente espacio en el interior del clóset.

El dilema no ofrecía punto de fuga; no había manera de alterar la propiedad física de la impenetrabilidad que especifica que dos cuerpos no pueden ocupar un mismo lugar en el espacio y, en orden de importancia, mis peludas prendas demandaban reconquistar la digna plaza que alguna vez ocuparon, antes de ser confinadas a un ignominioso baúl de plástico bajo la cama. O removía a la brevedad el voluminoso lastre encajonado, o me pasaría los siguientes dos meses batallando para acceder a la ropa invernal.

Nada habría sido más fácil que despejar la zona sin pensarlo más, a no ser porque aquellos cartones contenían las joyas que me pasé atesorando alrededor de un decenio y medio y, apenas un lustro más tarde, el desenfrenado avance tecnológico las había hecho caer en la más obscena obsolescencia. En calidad de veneradas reliquias, aquellas arcas acopiaban un poco más de medio millar de videocasetes que, tal vez, no todos contuvieran piezas maestras de la cinematografía mundial, pero eran las películas que en su momento, por razones tan diversas como sus géneros, me llenaron el ojo y me redujeron las quincenas. Era momento de activar la proverbial insensibilidad que (dicen mis hermanas) me cargo para deshacerme de los tiliches y en tales circunstancias no se puede meter el corazón, ni siquiera para apreciar por última vez las trilogías de Indiana Jones, La guerra de las galaxias, El padrino o las cintas que una y otra vez, a razón de tres por semana cada una, hicieron las delicias de mis entonces pequeños hijos.

Así que ni siquiera invertí el mínimo tiempo en repasar los títulos que por un tiempo vistieron los muebles que mi laborioso cónyuge fabricó para el efecto, antes de que fueran paulatinamente desalojados por los DVD. Apilé los cartones en un rincón, a la espera de encontrarles un destino que es hora que no alcanzo a dilucidar, pero que ciertamente me ha sumido en ociosas reflexiones acerca de la veleidosa tecnocracia que inexorablemente impone sus designios y condena al destierro a un montón de inventos que aún podrían tener vida útil.

En busca de orientación sobre el asunto, busqué el apoyo de Mr. Google que me ofreció opciones de comercialización tan complejas como desbalagadas, de modo que recurrí a mis amistades virtuales que me insinuaron, desde llevarlos al Baratillo en donde dicen que los compran como a diez varos, hasta cantarles Las golondrinas y pagarles a los de la basura para que se los lleven. Lo primero me resultó poco viable, porque no me veo rodeando cuadras y cuadras para encontrar estacionamiento cercano a la popular y multitudinaria batahola dominical, a fin de localizar a los enunciados comerciantes de lo obsoleto y hacerles llegar la mercancía y, para lo segundo, de plano el hígado no me da para tanto. Lo más asequible será atender la sugerencia del buen amigo que hace algunos ayeres se vio en una inminencia semejante: hacérselos llegar, con todo y videocaseteras, a los niños del Padre Cuéllar. Snif.

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