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Alfaro y la oportunidad perdida

Alfaro y la oportunidad perdida

Alfaro y la oportunidad perdida

A la memoria de Antonio Sarabia

Dice el dicho que la vida nos regala incontables oportunidades de quedarnos callados y la mayoría de las veces las desaprovechamos. Fue un regalo, era nuestro y los dejamos ir. Pero ninguno como el que dejó ir el alcalde Enrique Alfaro el viernes pasado: cuando tenía frente a sí la oportunidad de no opinar sobre la reforma política, pues nadie le estaba preguntando, no digamos presionando, abrió la boca, se fue de bruces y terminó regando un tepache que ni siquiera era suyo, por echarle exceso de carbonato.

La mayoría de las críticas al discurso del viernes se centraron sobre su opinión sobre algunos medios de comunicación, que más allá de las explicaciones que luego dio el alcalde de Guadalajara, me parecen que son no solo innecesarias sino inexactas. No comparto muchos de los criterios de los medios que mencionó Alfaro, pero me parece que están muy lejos de ser un ejemplo de periodismo basura. Sin embargo, eso es anecdótico. Lo que me parece terrible en el discurso del alcalde es otra cosa: la incapacidad para reconocer lo que hacen otros.

La forma, terriblemente despectiva, en que se expresó del “muchacho Kumamoto” un diputado que cualquier partido, comenzando por MC, soñaría con tener en sus filas, pero cuyo capital político es justamente no pertenecer a ningún y haberlos vencido a todos, fue gratuita e innecesaria. ¿Qué necesidad tenía Enrique Alfaro de lucirse con la reforma política? No encuentro ninguna, salvo un ego que no soportó estar fuera de la foto. En el discurso dice que fue él quien tomó la decisión de sacar adelante la reforma: tomó el teléfono, le llamo al Kumamoto, les llamó a los diputados de su fracción y rescató una reforma muerta, dijo. Vamos a creer que efectivamente fue así. Un gran político se reconoce en su generosidad y en su discurso él nunca reconoce a sus diputados, nunca aplaudió el esfuerzo de su coordinador, Ismael del Toro. En su crítica al gobernador que “había engañado al muchacho” termina poniéndose exactamente en la misma posición, como un líder que no respeta el trabajo legislativo. Si algo se le puede criticar a Aristóteles Sandoval en la reforma es que anuló a la fracción de su partido, esta visión antidemocrática donde los diputados no son sino instrumentos, votos a la disposición de un líder. Lo mismo, tristemente, hizo Alfaro en su discurso del viernes.

Sin embargo, lo que más me preocupa del discurso es esta idea, bastante mesiánica de que antes de mí todos eran pillos y después de mí, la incertidumbre. Sé que el adjetivo es duro, pero mesiánico significa exactamente “una persona que se hace acreedora a una confianza desmedida por parte de la gente para conseguir un objetivo o solucionar un problema” y la frase en Alfaro, después de describir sus grandes logros de su gobierno fue: “porque yo me voy en unos meses, yo me voy en un rato, y luego qué”. ¡Sopas!

Y luego nada, alcalde, no se preocupe; la gente decidirá qué y a quién quiere.

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