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Sábado, 25 de Noviembre 2017

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Agua malvada

Agua malvada

Agua malvada

Escucho quejas sobre las lluvias que llevan algunos días abatiéndose sobre la ciudad. Ya que nos quejamos (con razón) de las ineficacias y corruptelas de los poderes públicos, de la avaricia y dislates de los más reputados ricachones, de la forma en que nos exprimen ciertas empresas, del costo y los fallos en los servicios que pagamos y de la casi totalidad de nuestros semejantes, la inercia nos lleva a vociferar también sobre asuntos en los que no tenemos el menor control y sobre los que, me temo, resulta francamente inútil pronunciarse. Como la lluvia.

Aclaremos. Me parece lógico que los ciudadanos nos pongamos de pestañas si hay una inundación en nuestra calle, por ejemplo, que podría haberse evitado si las coladeras no estuvieran llenas de esa basura que con tanto donaire vamos regando a nuestro paso por el Universo. O si hubiera coladera (que llega a suceder que no la haya). O si el ayuntamiento del municipio que nos corresponda no hubiera autorizado (o aceptado) una construcción en una zona en la que habrían dudado en meterse unos guachinangos, por el frecuente exceso de agua (y no se crea que no me doy cuenta de que son la miseria y la necesidad las que arrastran a la gente a construir allí y que, en no pocas ocasiones, son la codicia de los “líderes” de paracaidistas o de los desarrolladores y, de nuevo, la estupidez de las autoridades, las que lo facilitan).

Pero eso no se trata de la lluvia, propiamente, sino de sus efectos sobre nuestra desigual y medio ruinosa ciudad. Lo que no tiene demasiado sentido, volviendo al punto de partida, es que tratemos de aplicar a la lluvia los rudimentos de psicología pop con los que tratamos de desentrañar las acciones de nuestros vecinos, compañeros de trabajo o personajes públicos. Digo esto porque he escuchado (y leído, en los comentarios a las notas en internet de este diario y otros más) numerosas exégesis sobre el comportamiento “inusual” o de plano “malvado” de las aguas en este temporal, como si se tratara de un grupo de personas que pudieran ser “leídas” y no de un fenómeno.

¿Cuáles quejas? Que si se nublaba y nomás no caía el agua, como si ésta fuera tímida o sufriera de depresión. O que si el día estuvo soleado y en la madrugada se desató la tromba, como si el agua respetara los horarios del tránsito urbano. O que si antes sucedía de otro modo, pero con “tanto cambio” pues hasta el agua se porta diferente. A ver: para nadie que no sea Donald Trump (o alguno de sus correligionarios en la negación del cambio climático) es un secreto que numerosos patrones naturales están cambiando, a veces a marchas forzadas. Nuestro conocimiento sirve para constatarlo pero no, hasta ahora, para revertirlo. Eso está fuera de duda (de todo el que no sea un loquito negacionista). Lo que no puede es hablar del agua como de un ser vivo que “reacciona” a tal o cual situación. Tanto nos valdría analizar el comportamiento de un asteroide con los parámetros con los que intentamos entender a Juancho, nuestro cuñado, el que ni trabaja ni estudia ni da golpe.

Las lluvias son capaces de causarnos grandes beneficios o perjuicios, según seamos capaces, como sociedad, de aprovecharlas o no. Si ahora mismo el agua de lluvia no es aprovechada en la ciudad y lo que nos traen son conflictos, no es por ninguna clase de “mala onda” que nos traiga. La mala onda, en todo sentido, la hemos puesto nosotros. En vez de mirar al cielo, dejemos de echar basura a la coladera.

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