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Jueves, 23 de Noviembre 2017

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22 de Abril

22 de Abril

22 de Abril

Veinticinco años se dice fácil sobre todo para quienes no alcanzaron a desarrollar una conciencia real y profunda de lo que pasó el 22 de abril de 1992 en Guadalajara. Las heridas, quizá cauterizadas, siguen abiertas, algunas supuran, muchas duelen, porque nadie en el Estado mexicano ha tenido la valentía de reconocer la negligencia criminal y pedir perdón. Y porque los damnificados no han sido resarcidos del todo.

Nunca es tarde para reconocer ni para enmendar. Las autoridades son otras, cierto, muy probablemente por eso las nuevas generaciones de políticos podridos y baratos no se sienten aludidos cuando se trata de cumplir con compromisos y promesas para los damnificados, pero les toca. ¿Qué no se dicen respetuosos de las leyes y del orden institucional? ¿No repiten, cada vez que pueden, la cantaleta de la urgencia de fortalecer y respetar a las instituciones?

Una forma de hacerlo sería, de entrada, ser ejemplo. Hay un dicho muy viejo, muy sabio, muy trillado y poco atendido, que encaja aquí a la perfección: “el buen juez por su casa empieza”.

Aunque nunca lo reconoció, y es un secreto a voces, fue Pemex. Pagó indemnizaciones y luego se lavó las manos. Y las otras instituciones que por compromisos y promesas de los políticos en turno tenían programas de atención a las personas damnificadas, a veces cumplen, a veces no y siempre con displicencia, sin ganas, con desdén, como si estuvieran haciendo un favor.

Las dudas sobre el total de muertos persisten porque la cifra oficial de poco más de 200 no es creíble. Este también es un asunto pendiente, una cuenta que se tendría que saldar. Y no se diga la atención médica que la mayoría de los sobrevivientes requiere y para la que no tendrían que imponerse obstáculos ni regateos. Merecen todo sin restricciones, lo que pidan y aun así persistirían deudas por las pérdidas totales, de seres queridos, de la salud, del patrimonio, de la tranquilidad, de la seguridad.

No se valora exactamente lo que se perdió desde afuera, mucho menos si se trata del gobierno. Es su trabajo ponerse en el lugar de los otros para, con esa comprensión, ser atinados y precisos en las acciones y en las políticas públicas. Lamentablemente no tenemos políticos de esos, ni para atender a los afectados por las explosiones del 22 de Abril, ni a la ciudadanía en general.

Las explosiones del 22 de Abril, como alguna vez dijo Lilia Ruiz Chávez, una de las lideresas más persistentes y perseverantes de frente a la clase política, estuvieron politizadas desde un principio y aniversario tras aniversario, sobre todo si coincide con algún proceso electoral, los políticos están prestos, pagan porque los alquilen y ofrecen el cielo, la luna y las estrellas; pero si no hay elecciones en puerta, son omisos y prepotentes.

El testimonio de Lilia Ruiz, en una entrevista hace dos años con el periodista Alberto Osorio, es emblemático: Aristóteles Sandoval fue capaz de darle su número de celular para estar en contacto, y al principio sí, como ningún otro gobernador desde 1992, pero después ya no contestaba hasta que cambió de número y Lilia se quedó sin el dato para mantener el contacto directo. Ejemplo de político convenenciero y mediático, claro. Si en estos momentos no puede ya capitalizar su atención a los damnificados del 22 de Abril ¿entonces para qué? Así opera la clase política en general y es un abuso y una bajeza.

A 25años de distancia no se han resarcido todos los daños, no se han hecho las correcciones posible en su totalidad, no se ha pedido perdón, no se han dejado a un lado conveniencia e ineficiencia y a los damnificados, a la sociedad en pleno, por todo lo que significa, no se les ha respondido con honestidad y responsabilidad al cien por ciento como debería ser ante quien no tuvo culpa de nada.

Un cuarto de siglo, cinco lustros o como se quiera medir, las cuentas no se han saldado y se tendría que trascender el interés político-electoral para actuar sólo con la intención de otorgar y conceder lo más posible a quienes perdieron tanto  por obra y gracia de la corrupción.

Un abrazo solidario a los damnificados del 22 de Abril de 1992, a los afectados por las explosiones en el Sector Reforma, del Barrio de Analco y mis deseos de consuelo y fortaleza, a los que perdieron a sus familiares, padres, hijos, abuelos, hermanos, amigos y a los que sufrieron y padecen aún, el abandono de salud, estabilidad y justicia.

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