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Martes, 21 de Noviembre 2017

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* “¡Viva er Beti…!”

* “¡Viva er Beti…!”

* “¡Viva er Beti…!”

Para justificar su decisión —por demás respetable, dicho sea de paso— de pasar del PSV Eindhoven con el que ganó dos veces la Supercopa de los Países Bajos, al Betis de Sevilla con el que difícilmente será campeón en España, Andrés Guardado afirmó que la española, en la que reedita el rol de “El Hijo Pródigo”, es “la mejor Liga de Europa”.

Como cuando alguien dijo que un buey voló: “Pue’ que sí, pue’ que no…”.

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La Liga española ha tenido históricamente dos protagonistas sobresalientes: Real Madrid y Barcelona —o Barcelona y Real Madrid, que “Tanto monta, monta tanto, Isabel como Fernando”— se propusieron, desde que el futbol dejó de ser simplemente un deporte y pasó a ser el fenómeno social que es desde hace más de medio siglo, la meta de convertirse, cada uno, en “el mejor equipo del mundo”.

Esa pugna, en la que los dos equipos se han alterado durante muchos años como inquilinos de la cima del Everest futbolístico, da a la Liga española, obviamente, un rango privilegiado.

Para quienes prefieren la competencia que hay de ordinario en la Liga italiana o de unos años a esta parte en la Premier League inglesa, estas últimas pudieran ser mejores, principalmente porque ninguna de ellas se caracteriza por la hegemonía casi absoluta —un duopolio, valga la expresión— que en España está virtualmente institucionalizada.

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A diferencia de lo que ocurre con Héctor Moreno, quien recientemente salió del mismo PSV Eindhoven holandés para ir al A. S. Roma, o de Memo Ochoa que irá al Standard Lieja de Bélgica tras jugar con el modesto Granada en la campaña que culminó con el descenso, Guardado, hasta donde se vislumbra a simple vista, le perdió al negocio.

Al margen de afectos entrañables arraigados en Sevilla y vinculados con el Betis, éste ha sido también, por tradición, uno de los modestos de la Liga ibérica. Con una historia más que centenaria, tiene un título de Liga (1934-35) y siete de Segunda División… lo que evidencia, de paso, la frecuencia con que ha perdido la categoría y ha tenido que militar en el circuito inferior.

Lo cual no obsta para que sus simpatizantes se aferren a un canto que desde mediados del siglo pasado y de cara a su rivalidad con el Sevilla, es santo y seña de su idiosincrasia: “Viva er Beti, manque pierda”.

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