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El de ayer en Madrid no tuvo la trascendencia del “gol fantasma” por excelencia en la historia del futbol: el de la Final, Inglaterra-Alemania, del Mundial de 1966. Sirvió, sin embargo, para aportar un indicio más de que en el deporte se da, felizmente, en algún aspecto al menos, una excepción a la regla que los tradicionalistas sostienen a pie juntillas: que “todo tiempo pasado fue mejor”…

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En el partido entre Real Madrid y APOEL (lo de “partido” es un decir, porque el asunto fue una versión del viejo juego del gato con el ratón) hubo un remate de Cristiano Ronaldo, casi en el área chica; el balón pegó en la parte interior del travesaño, picó sobre la línea de meta y regresó al terreno de juego. Ronaldo reclamó el gol. El juez de gol —bien colocado y atento, por lo que pudo apreciarse— lo negó. En las dos primeras repeticiones de la transmisión por televisión, pareció haber consenso entre los comentaristas en que la pelota había entrado. La toma del “ojo de halcón” que opera ya en muchos estadios del primer mundo, despejó todas las dudas: la mitad del balón penetró al marco; la otra mitad quedó en la línea. Y como la regla señala que el gol sólo debe concederse si la pelota traspasa totalmente la línea, pues…

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Un poco más tarde, el árbitro sancionó con penalti un lance en que consideró que Lago, zaguero del cuadro chipriota, tocó el balón con el brazo izquierdo. A golpe de vista, algunos, y luego de las repeticiones, otros, los comentaristas discreparon: para unos, fue mano; para otros, no. Pero como el VAR (la videoasistencia para los silbantes que ya se ha probado en algunos torneos) aún no es de aplicación generalizada, prevaleció lo que señalan las reglas: el penalti sólo se señala si, en opinión del árbitro, se cometió tal o cual infracción.

Un poco después hubo una falta sobre Ronaldo. Pero como el balón sobró para un compañero que quedó en situación propicia para rematar, el silbante, con buen criterio, aplicó la ley de la ventaja, que Isco desperdició.

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El caso, de vuelta al aparente gol que no fue concedido, remite a la conclusión de que el uso de la tecnología es un recurso maravilloso que, bien manejado, en las batallas de los dioses de los estadios, opera… a favor de la justicia.   

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