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Jueves, 23 de Noviembre 2017

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* Saber ganar... o perder

* Saber ganar... o perder

* Saber ganar... o perder

Al final de cuentas, como suele suceder, quedó en “carrilla” el desenlace de los dos capítulos más recientes de la historia de las versiones de La Guerra Civil en pantaloncillos cortos —la frase es de Jardiel Poncela— protagonizada por Guadalajara y Atlas: infinidad de alusiones a una hegemonía que en materia de resultados —y de títulos, sobre todo— favorece de manera aplastante a los rojiblancos; chascarrillos al por mayor, alusivos a la incapacidad manifiesta de los rojinegros para sacudirse el maleficio que los persigue desde hace más de medio siglo.

Si algún incidente violento hubo en el Estadio de las Chivas, en sus inmediaciones o en otros rumbos de la ciudad, como secuela del resultado de la reciente doble cartelera, no trascendió a los medios. Quedaría, en todo caso, en  calidad de la casi inevitable piedrita en los frijoles. No deterioró, pues, la sensación de que, más allá de las ponderaciones de los analistas que los simples aficionados de a pie tomaron como propias, los rayados supieron ganar… y los rojinegros supieron perder.

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Habrá quien diga que es porque ya están acostumbrados: unos, a salir con las banderas al aire; otros, arrastrando la cobija…
En cualquier caso, vale destacar el celo que tanto los dirigentes de los dos clubes como las autoridades civiles han tenido para capitalizar las experiencias que dejaron algunos episodios, relativamente recientes, en que ni la civilidad ni el deportivismo fueron tantos como el jueves en el Estadio Jalisco y el domingo en la casa del Guadalajara.

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Fue una pena, en cambio, que en Monterrey, el sábado, la frustración de los simpatizantes de la “Pandilla” porque su equipo perdió los dos partidos de la fase de Cuartos de Final, se transformó en agresividad hacia los simpatizantes de los “Tigres”.

Por encima de las medidas de seguridad que seguramente se tomaron y de los protocolos que seguramente se activaron para evitar que estallara la violencia, hubo infinidad de episodios que desdicen del afán con que se defendía la convicción de que la de Monterrey era la mejor afición de México: por la fidelidad a sus equipos, ciertamente; por su asiduidad para asistir a sus partidos, también; pero, sobre todo, por la ecuanimidad con que ordinariamente se asumían los resultados: alegrías o sinsabores propias del juego; victorias o derrotas que ocurren, en fin, sin que haya derramamiento de sangre.

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