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Martes, 22 de Enero 2019

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* Relleno

Por: Jaime García Elías

* Relleno

* Relleno

Un triunfo de México sobre Honduras puede generar manifestaciones de euforia de los aficionados mexicanos, si —pongamos por caso— resulta determinante para clasificar a la Copa del Mundo. En otras circunstancias, por más que haya antecedentes de que los catrachos se han convertido en una especie de “bestia negra” del Tri, el resultado resulta irrelevante.

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Dar, como intentaron algunos analistas, el rango de “revancha” al encuentro del jueves pasado en Tuxtla Gutiérrez, dentro de la Fecha FIFA, es incurrir en una adulteración burda que ni siquiera se justifica por motivos comerciales. El partido se llevó a la capital de Chiapas, sede de los “Jaguares”, plaza de nuevo cuño en el circuito profesional del futbol mexicano, por razones económicas elementales: puesto que el cotejo difícilmente hubiera resultado atractivo en plazas como la capital, Monterrey o Guadalajara —y aun como León, Puebla o Toluca—, porque los aficionados, en ellas, están acostumbrados a platillos de más prosapia, es válido que se ofrezca —digámoslo así— a paladares menos exigentes.

Echar a vuelo las campanas porque se venció a una escuadra que varias veces se ha indigestado al seleccionado mexicano cuando se han enfrentado en competencias en que van asuntos importantes de por medio —el  boleto para el Mundial, por ejemplo—, más que una exageración es una falacia. Por una parte, la etiqueta de “amistoso” suena falsa, habida cuenta de la rivalidad que se ha generado entre los dos países, en el aspecto futbolístico, desde las eliminatorias para el Mundial de España-82; (hace más de 30 años, en efecto). Por la otra, los dos países están atrapados, de momento, en sus competencias domésticas, lo que significa que si acordaron enfrentarse fue porque se trató, para ambos, de la manera más fácil de cumplir con la exigencia de la FIFA, de programar partidos “internacionales”.

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El partido de mañana contra Panamá —anclado en el pelotón de los modestos en el área geográfica de la Concacaf—, está cortado con la misma tijera. Ni los canaleros llevarían público en una plaza de primera línea, ni el resultado que se obtenga —previsible en gran medida, por lo demás— será pretexto para que los vencedores se cuelguen medallas en las solapas. Y es natural, porque no se trata de batallas propiamente dichas, sino de zafarranchos de jugarrera, en que se disparan balas de salva.

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