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Viernes, 24 de Noviembre 2017

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* “Colorín colorado…”

* “Colorín colorado…”

* “Colorín colorado…”

Si la Comisión Disciplinaria intentó minimizar los hechos, la de Apelaciones puso las cosas en su lugar…

Si la primera interpretó como “intento de agresión” el cabezazo de Pablo Aguilar al árbitro Fernando Hernández y el manotazo de Enrique Triverio a Miguel Ángel Flores, la segunda, a partir de las evidencias —las tomas de la televisión— y de la semántica —parte de la lingüística que estudia el significado de las palabras—, decidió que en los dos casos hubo agresiones; las penalizaron como tales, con un año de suspensión para los dos jugadores, enmendaron la plana a la Comisión Disciplinaria —que había pecado, en el caso, de blandengue—, y acomodó las cosas para que los árbitros depongan el paro “unilateral” que impidió se jugara la décima jornada del Torneo de Clausura, el pasado fin de semana, y vuelvan hoy mismo a la actividad.

O sea, “colorín colorado…”.

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A reserva de que el Reglamento de Sanciones se afine al efecto de poner los puntos sobre las correspondientes íes, y de reducir el margen para interpretar que una agresión sólo puede serlo si causa un daño físico notorio, aunque no sea grave, queda claro que tanto Aguilar como Triverio se excedieron en el tono de sus reclamaciones a los silbantes; que no se limitaron a las consabidas protestas verbales; que uno y otro —más violento el primero, ciertamente— hicieron algo indebido… y, por lo tanto, punible.

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Independientemente de que la sanción, en todas las legislaciones, se establece con propósitos ejemplarizantes, disuasorios de eventuales conductas similares, el episodio debería servir para recordar a los futbolistas que las Reglas del Juego que han convertido en profesión, establecen que los fallos arbitrales son inapelables… aunque estén equivocados. Debería servir para que los comentaristas —y principalmente los que alguna vez ejercieron como árbitros— acepten que constituye un abuso y hasta una bajeza descalificar, como algunos hacen de manera sistemática, las decisiones de los silbantes, a partir de la ventaja de que éstos no disponen: la posibilidad de ver repeticiones desde diferentes ángulos, en cámara lenta, etc.

Los árbitros, en efecto, no tienen el recurso de ver repeticiones de los lances más controversiales de un partido, pero sus críticos sí pueden valerse de ellas para evidenciar errores… y para imponer a sus oyentes sus opiniones, muchas veces tanto o más erróneas y disparatadas que las decisiones de aquéllos.

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