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Jueves, 19 de Septiembre 2019
Ideas |

— Cantinflas, candidato

Por: Jaime García Elías

— Cantinflas, candidato

— Cantinflas, candidato

“Si Cantinflas no hubiera muerto...”. Sobre los precedentes puntos suspensivos pueden colgarse infinidad de hipótesis. Verbigracia, la consabida, a partir del danzón dedicado a Juárez: “Todavía viviría”. O la obvia: “Seguiría siendo el candidato independiente más votado en las elecciones”. * En elogio de Cantinflas, so pretexto del primer centenario de su natalicio (privilegio, este del natalicio, por cierto, privativo de los hombres ilustres; el peladaje se limita a celebrar —o lamentar, según...— aniversarios del nacimiento) ha habido abundantes opúsculos. Lo más probable es que a quienes fueron, en vida del susodicho, sus fanáticos, o a quienes, post mortem del interfecto, se han sumado a esas legiones por obra y gracia del gracejo que siguen causando sus películas —tan recicladas por la televisión como las de Pedro Infante, Joaquín Pardavé, El Santo o Carmen Salinas; total, cada quien sus clásicos...— poco les interesen los datos biográficos más difundidos (su nombre completo: Fortino Mario Alfonso Moreno Reyes) o los más ignotos (los nombres de sus padres o hermanos...). Menos aún se adentrarán en las conceptuosas disertaciones de los ensayistas empecinados en dar con las claves de la estrecha identificación del mexicano de clase baja con el personaje, o viceversa. * Cantinflas, con su muerte, no dejó ningún hueco en lo que los fanáticos de los lugares comunes llaman “el firmamento artístico de México”. Su carrera cinematográfica, como la de María Félix (“La mujer más hermosa del mundo”, según sus panegiristas), un día tenía que terminar. Alguna de sus películas tendría que ser la última... aunque se sigan exhibiendo por los siglos de los siglos. Todas están destinadas a ser clásicas. Más allá de que Diego Rivera inmortalizara su grotesca figura en un mural; más allá de que su peculiar forma de hablar engendrara un verbo (cantinflear) consagrado por la Real Academia, el hueco más visible que Cantinflas, con su muerte, dejó en México, tiene que ver con su faceta política... Sin interesarse más que coyunturalmente por el oficio más desprestigiado del mundo (cuando filmó “Si yo fuera diputado”), Cantinflas fue, durante muchos años, el recurso sistemático del ciudadano reacio a ser utilizado como el idiota útil de los profesionales de la política el día de la “fiesta cívica” de las elecciones. Era la posibilidad de su revancha. Un voto por Cantinflas era, por una parte, un perfecto ejercicio de la democracia; era, por la otra, una manera ácida de burlarse de los candidatos. Y no sería remoto que, en próximas elecciones, a la vista de que el ciudadano común sigue sin encontrar opciones convincentes, Cantinflas, como El Cid, siguiera ganando batallas —o cosechando votos— después de muerto.

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