Lunes, 17 de Mayo 2021

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- Sacerdotes asesinados

Por: Jaime García Elías

- Sacerdotes asesinados

- Sacerdotes asesinados

Si la muerte violenta de uno o varios ciudadanos ha devenido, por cotidiano, asunto rutinario e irrelevante, el asesinato de dos sacerdotes ocurrido esta semana en Veracruz, no puede sino estremecer incluso al más descreído. Lo primero se asume con cierta naturalidad: puesto que vivimos en una sociedad contaminada por la inseguridad, la violencia y la impunidad —una sociedad, con la venia de José Alfredo, en que “la vida no vale nada”—, es  inevitable que esos fenómenos generen víctimas. Lo segundo, en cambio, sorprende y repugna, porque a los sacerdotes se les presupone hombres de paz y personas de bien.

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-II-

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Las primeras investigaciones del caso señalan que las víctimas no sólo conocían, sino que estaban alternando con sus victimarios; agregan que el móvil del doble crimen fue el robo del dinero de las limosnas (cinco mil pesos) y los automóviles de los clérigos. Por la saña con que fueron asesinados, cabría esperar una investigación más profunda: puntualizar si la versión preliminar es plausible o si se trata, como algunos analistas aventuraron en un primer momento, de uno de los llamados “crímenes sistémicos” motivados, supuestamente, por la enjundia con que muchos sacerdotes, ejerciendo a cabalidad su rol de pastores de almas, se han pronunciado contra crímenes sociales arraigados en sus comunidades: robos, secuestros y extorsiones sistemáticamente realizadas por el crimen organizado, con la complicidad —por omisión o por contubernio descarado— de la autoridad civil.

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-III-

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Según el obispo Alfonso Miranda Guardiola, vocero de la Conferencia del Episcopado Mexicano, “México es un país peligroso para ejercer el sacerdocio”: en los últimos 25 años, más de 52 clérigos han sido asesinados. El padre Alejandro Solalinde, connotado defensor de los migrantes, coincide —lo ha sufrido en carne propia— en lo primero. Sin ser su caso, subraya que hay comunidades en que los sacerdotes celebran misa con un chaleco antibalas debajo de los ornamentos. Recuerda al obispo de San Salvador, Óscar Arnulfo Romero, asesinado en plena celebración litúrgica. Deplora que los sacerdotes que denodadamente defienden a la grey a su cargo de las acechanzas de los lobos, con mucha frecuencia son ignorados, desatendidos, prácticamente abandonados por una jerarquía —según sus propias palabras— “que no es fiel a Jesús sino al poder y al dinero”.

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No se trata —quede claro— de declarar “santos súbito” a los dos sacerdotes recientemente asesinados en Veracruz…

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Se trata —tan simple como eso…— de asegurarse, hasta donde es humanamente posible, de que resplandezca la verdad.

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