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Sábado, 18 de Noviembre 2017

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- Restricciones

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El que gobierna, a cambio de los beneficios lícitos e ilícitos que su posición social le da, está condenado a correr la famosa suerte del cohetero: si sus artilugios funcionan, le pitan; y si no… con más ganas.

Botón de muestra, Miguel Ángel Mancera.

-II-

Las decisiones que, en su calidad de Jefe de Gobierno de la Ciudad de México y a raíz de las contingencias ambientales que se han vuelto recurrentes en las últimas semanas, el gobernante ha tenido que tomar al efecto de reducir los contaminantes mediante una serie de medidas restrictivas para la circulación de vehículos, le ha ganado, hasta donde se infiere, la repulsa generalizada de los capitalinos. Si algunas de las consecuencias inmediatas —previsibles, además— de las restricciones han sido el ausentismo o los retardos de trabajadores y estudiantes, la insuficiencia de todas las modalidades del transporte público para responder a la creciente demanda y el encarecimiento de las tarifas de taxis, se explica que los afectados, de entrada, renieguen… y, a continuación, busquen un chivo expiatorio.

Si alguien, por ahí, toma la palabra, para externar que las aplicadas hasta ahora “sin duda, son medidas que modifican la normalidad de las actividades de millones de habitantes y que inevitablemente generan molestias”, y hace, en seguida, la acotación —sensata, se diría— de que “sin embargo, son determinaciones que protegen un bien mayor: la salud de 20 millones de personas, especialmente niños y adultos mayores”, la rechifla generalizada se acentúa y las mentadas —recogidas y difundidas a través de las redes sociales— se multiplican…

Por una parte, quienes sólo captan los perjuicios inmediatos de las medidas adoptadas, no entienden tan fácilmente que es imperativo reducir el número de automotores en circulación. Por la otra, el alegato a favor de las medidas, a todas luces fastidiosas, impuesta por la Comisión Ambiental de la Megalópolis (CAMe), fue… nada menos que del Presidente de la República.

(O sea…).

-III-

Falta señalar que no les falta razón a los inconformes cuando señalan que  si la gente tiene que desplazarse de todas maneras para cumplir con sus compromisos cotidianos —de los cuales depende, en gran medida, que el pan llegue a las mesas—, los vehículos autorizados a circular son sometidos a un uso más intenso del habitual, lo que en buena medida responde al enigma de por qué diantre, por más acciones restrictivas que se toman, la calidad del aire no mejora como por arte de magia.

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