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- “¡Qué bonito soy…!”

- “¡Qué bonito soy…!”

- “¡Qué bonito soy…!”

Advierte el refrán que “alabanza en boca propia es vituperio”. Y el evangelio, que “el que se ensalza será humillado”. Advertencias que, sin serle desconocidas, el Presidente Peña Nieto, ciertamente, prefirió ignorar al fungir como orador en el acto en que se apagaron al pastel las 88 velitas emblemáticas de la robusta, perenne, inmarcesible juventud del partido que, al decir de sus innúmeros apologistas, mantiene enhiestos –disculpas anticipadas por la letanía de lugares comunes— los Irrenunciables Principios Doctrinarios de Justicia Social Emanados del Glorioso Movimiento Armado de 1910.

-II-

El Presidente se ganó los aplausos enfervorizados de los militantes de su partido, reunidos para la ocasión, al untar la correspondiente crema a los tacos de las reformas educativa, energética, política y fiscal; (reformas gatopardescas, según sus críticos, ya que se ajustaron a la máxima de “cambiarlo todo… para que todo siga igual”). Sostuvo que “Ningún otro partido ha promovido y concretado tantas transformaciones  como lo ha hecho el PRI”… aunque dejó en el aire, en manos de los expertos en cuestiones estadísticas, las cifras relacionadas con el tiempo en que el tricolor, comparado con cualquier “otro partido”, ha detentado el Gobierno.

“A diferencia de los últimos –y únicos, le faltó decir— gobiernos de la oposición –añadió—, nosotros sí nos atrevimos a asumir los costos de transformar al país”. En el entendido de que tales costos pudieran consistir en votos de castigo para el PRI en las elecciones del año próximo, Peña Nieto advirtió a quienes pudieran incurrir en la veleidad de buscar cualquier otra opción política, que “los partidos de oposición –sistemáticamente críticos de su administración, obvia decirlo— siguen sin estar preparados para ser Gobierno”: una hipótesis que sólo podría comprobarse si la voluntad popular, en los próximos comicios, consista en acogerse al evangélico “Caiga su sangre sobre nosotros”, con tal de endosar al PRI las facturas de todos los platos rotos acumuladas en lo que va del sexenio: desde Ayotzinapa hasta el “gasolinazo”, pasando por la inseguridad, la corrupción y la impunidad galopantes, amén de los imperceptibles avances en el combate a la pobreza,  la insuficiencia de los golpes “mortales” que día tras día se asestan al narcotráfico y a la delincuencia organizada en general, etc.

-III-

Al festejo y al discurso aludidos sólo les faltó, como corolario, entonar –emulando al finado Paco Stanley— el consabido “Qué lindo soy, qué bonito soy, como me quiero…; y si me muero, jamás me podré olvidar”. (Tan-tan).

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